El excanciller Héctor Timerman sufre un cáncer desde hace dos años. Por ese motivo, viajó a tratarse en 2015 a Estados Unidos y debía volver a hacerlo ayer, por una complicación de la enfermedad que lo llevó a la necesidad de utilizar una silla de ruedas. Al estar procesado por el juez Bonadío, le fue revocada la visa para viajar a tratarse, situación de la que tomó conocimiento en el aeropuerto.

Hay que entender algo sobre la cuestión del viaje por razones médicas de Timerman. No valen aquí las explicaciones que intenten apelar a la humanidad del poderoso, porque sencillamente no la tiene. Son bestias y no se ven reflejados en nadie más que en los de su clase. Nosotros tenemos que ser más parecidos a ellos, tenemos que ser tan o más clasistas que ellos y así, desarrollar el amor propio —de clase— y, en consecuencia, el odio hacia lo que quiere destruirnos como conjunto. Lo que están haciendo no es más que ir a fondo con los intereses de las corporaciones en plan de poseer absolutamente todo.

Aquí es donde está el nudo de la cuestión. No existe una lucha puertas adentro de la humanidad. La ínfima minoría poderosa no es en sí una fracción de la humanidad. La lucha de las mayorías contra las corporaciones no es una disputa entre facciones de la humanidad. Es la lucha entre lo humano contra lo antihumano. Las corporaciones pretenden imponer un orden que le permita la apropiación de todo lo que existe. Es decir, finalmente nos encontraremos con que la humanidad está luchando contra su propia destrucción como tal.

Pero nos resistimos a asumir la terrible realidad y nos estamos refugiando en el “todo vuelve”. El poderoso comete actos aberrantes y, en vez de ponernos a articular un proyecto político que los desaloje del poder y ponga las cosas en su lugar, nos encomendamos a que una fuerza superior arregle lo que nosotros nos rehusamos a arreglar nosotros mismos.

Venimos tratándolo en las últimas semanas y vamos a volver a traerlo al tiempo presente. Todos —dominantes y subalternos— participamos de la hegemonía. Sabemos que está muy mal lo que le hacen a Timerman, pero no nos planteamos la forma de finiquitar la cuestión. Nos encomendamos al “todo vuelve” o a “el amor vence al odio” y, mediante nuestra pasividad —producto del determinismo—, jugamos el juego que el poderoso quiere.

Y el amor solito está perdiendo por goleada ante el odio y la fuerza brutal de la antipatria. ¿Hasta cuándo? Hasta que nosotros hagamos que no sea más así.