A fines de la década de los años 1970 la Iglesia católica se las ingenió para destruir un proyecto político de los pueblos. Al elevar al papado al polaco Karol Wojtyla ―que tomó para sí el nombre de Juan Pablo II― el Vaticano se metió de lleno en la Guerra Fría y fue fundamental para el imperialismo occidental en el proceso de disolución del campo socialista en Europa del este. Dicho proceso resultó finalmente, una década más tarde, en la caída del Muro de Berlín y luego en la implosión de la URSS, decretando el triunfo a nivel global del neoliberalismo representado en los Estados Unidos de América y sus corporaciones.

Así es cómo la Iglesia católica ejerce el poder político de manera fáctica. Sus movimientos no suelen ser percibidos por el sentido común y tampoco ser anticipados por los dirigentes del pueblo. Juan Pablo II lideró la reacción blanca en Europa del este apelando al catolicismo del pueblo polaco mediante la manipulación de Lech Walessa y el sindicato católico Solidaridad para destruir la ya endeble construcción política del socialismo soviético tras la Cortina de Hierro. En otras palabras, el Vaticano es responsable directo de la destrucción de los gobiernos populares en aquella región y del consecuente avance del neoliberalismo sobre el resto del mundo.

Al acceder al papado Jorge Bergoglio ―entonces ya Francisco―, el historizar daba como resultado que el Vaticano una vez más jugaba en el sentido de intervenir en procesos políticos de carácter popular en alguna región del mundo. América Latina vivía la ola de los mal llamados “populismos” y todo indicaba que el nuevo papa latinoamericano venía a hacer la gran Juan Pablo II: operar políticamente para detonar esos “populismos” y liderar la reacción blanca desde el trono del Vaticano.

No todo es lo que parece

Pero Francisco tenía otros planes. Al llegar al papado, empezó a actuar de manera opuesta a la esperada por propios y ajenos. La historia es larga y bien conocida y se resume en la siguiente expresión: desde que es papa de la Iglesia católica, Jorge Bergoglio no ha hecho otra cosa que apoyar con el cuerpo y con la palabra todos los movimientos políticos de tipo popular no solo en América Latina, por cierto, pero fundamentalmente en América Latina.

El papa americano no vino a liderar la reacción oligárquica en su tierra, vino a intentar detenerla. Francisco se ha convertido en un referente político global de los pueblos y se hace realidad la idea de un papa peronista. Francisco no es Juan Pablo.

Arriba los que luchan

El papa Francisco no duda en recibir y dar su apoyo a los dirigentes populares más odiados por la derecha reaccionaria: Milagro Sala, Cristina Fernández de Kirchner y, el súmmum del odio blanco, Hebe de Bonafini. Esta madre de Plaza de Mayo simboliza la lucha de los pueblos de América Latina contra la feroz opresión del poderoso. Durante cuatro décadas, Hebe de Bonafini se ha opuesto frontalmente a todos los atropellos del poder mientras buscaba a sus hijos desaparecidos por la dictadura de los años 1970 y 1980 en Argentina. Hebe de Bonafini nunca se calló, nunca agachó la cabeza y, por el contrario, siempre mantuvo una actitud desafiante respecto al poder fáctico de las corporaciones instalado en el poder político del Estado. Hebe de Bonafini es un hecho maldito para el poder, es el mismo demonio.

¿Qué tendría que hacer con eso un papa de la ultrareaccionaria Iglesia católica? Pues condenarla, execrar a Hebe de Bonafini. Excomulgarla. Así, haría felices a los que odian a Hebe de Bonafini, que son los mismos que hicieron desaparecer a los hijos de Hebe de Bonafini y a otros 30.000 compatriotas latinoamericanos que en Argentina luchaban por una patria justa, independiente y soberana. Pero no, Francisco es un papa peronista y sabe muy bien de qué lado de la mecha se encuentra.

Hebe de Bonafini es la memoria viva y es la dignidad hecha carne del pueblo argentino en particular y de América Latina en general. Y así lo expresa Francisco en una carta histórica que le envió a esta mujer simbólica:

“Querida Hebe, muchas gracias por tu carta que me llegó por Juan. Rezo por vos y por las Madres y pido al Señor te conserve la salud para que puedas seguir ayudando a tanta gente. No hay que tener miedo a las calumnias, Jesús fue calumniado y lo mataron después de un juicio dibujado con calumnias. La calumnia solo ensucia la conciencia y la mano de quien la arroja. Por favor, no te olvides de rezar por mí. Saludos a las Madres, que Jesús te bendiga y la Virgen santa te cuide”.

La clase dominante y sus repetidores ―a sueldo y también los ad honorem― hoy están que trinan contra Francisco. Ha quedado al descubierto una de sus grandes mentiras: el cristianismo que dicen profesar es hipócrita. No existe cristianismo sin los pueblos. Hebe de Bonafini y Francisco lo saben porque son el cristianismo de Cristo por antonomasia.