En las redes sociales hay escándalo por la encendida defensa del operador mediático Eduardo Feinmann al oficial de policía que mató de un tiro por la espalda a un supuesto delincuente. Feinmann es un notorio defensor del llamado “gatillo fácil” y dice que “no se trata de izquierda o derecha”, sino de “valores subvertidos”. Y llueven los comentarios enardecidos contra sus declaraciones.

Pero Eduardo Feinmann sabe que se trata de izquierda o derecha y, aún más, sabe muy bien cuál es su lugar entre los operadores de la derecha mediática. Feinmann tiene una conducta y una coherencia irreprochables desde el punto de vista de su ideología que, como vemos, es de extrema derecha. En una palabra, Feinmann tiene doctrina. Mucha doctrina.

¿Qué es la doctrina?

La doctrina es un conjunto de ideas y principios que sirven para no errar el camino. La doctrina es el mapa y es la brújula en la lucha política que es la batalla cultural. Si uno tiene doctrina, es capaz de afrontar cualquier hecho de la realidad y cualquier coyuntura sin derrapar, como suele decirse. Toda la información que el individuo recibe a diario pasa entonces por el tamiz de la doctrina antes de que el individuo en cuestión emita su opinión respecto a eso.

Entonces Eduardo Feinmann tiene mucha doctrina, que es una doctrina de extrema derecha y que podría calificarse de neonazi, pero doctrina al fin. Y es justamente por tener esa doctrina que Feinmann jamás derrapa: todo lo que expresa está en perfecta coherencia con las ideas y principios ideológicos que conforman su doctrina. Nunca veremos a Feinmann denunciando, por ejemplo, la violencia institucional ni los abusos del poderoso. Ante cualquier agresión desde el poder y en perjuicio de los pueblos, Feinmann sabrá opinar coherentemente para justificar esa agresión y legitimarla ante los mismos agredidos, que son los que lo ven por televisión a Feinmann.

Feinmann es, por lo tanto, el prototipo ideal de intelectual orgánico de la clase dominante. Como individuo no es rico ni dominante, no tiene poder y es más bien es un piojo resucitado, pero tiene incorporada la doctrina de quienes le pagan y sueldo y realiza su tarea a la perfección.

Ellos nos llevan mucha ventaja

Eduardo Feinmann no es el problema. Fachos y nazis como él hay y siempre habrá en cualquier barrio. El problema es que, a diferencia de Feinmann y de la derecha en general, los militantes del campo nacional-popular no tenemos doctrina. Y en consecuencia derrapamos una y otra vez antes hechos y coyunturas que nos no sabemos interpretar correctamente antes de emitir opinión.

Véase, por ejemplo, el reciente caso de Gabriela Cerruti y su desubicada defensa de María Eugenia Vidal por el solo hecho ―bastante prosaico, por lo demás― de ser mujer. Vidal maltrataba y maltrata a los trabajadores, pero Cerruti no vio allí sino una “valiente mujer”. Lo que le faltó a Gabriela Cerruti en esa ocasión fue la doctrina necesaria para interpretar el hecho desde una perspectiva de clase social y comprender que en esa puesta de escena en las playas de Mar del Plata no había ninguna mujer, sino un representante de las clases dominantes en la política que venía a avasallar a unos trabajadores en su reclamo por justas condiciones de trabajo y salario.

El ejemplo de Gabriela Cerruti se multiplica entre nosotros, que somos los militantes de la causa de los pueblos. Al no tener doctrina, somos presa fácil de las cortinas de humo del poder y somos, por lo tanto, incapaces de interpretar correctamente los hechos, los datos de la realidad, que con un poco de doctrina ya serían transparentes a simple vista.

En la introducción a su Manual del peronista, Juan Domingo Perón instaba: “Peronista: ¡doctrínese!”. Perón sabía de la imposibilidad de estar explicando cada hecho a cada individuo en todo momento, y apelaba a la necesidad de tener doctrina para que cada uno de nosotros pueda sacar las conclusiones correctas a partir de la realidad que se nos presenta todos los días. La derecha, que es la expresión política de la oligarquía antipatria en nuestro país, tiene toda la doctrina que necesita para hacerlo sin derrapar. ¿Y nosotros? ¿Para cuándo ser un poco más como ellos en ese sentido?

Por Erico Valadares