A medida que sigue avanzando sobre los derechos de las mayorías, el proyecto político del neoliberalismo en Argentina va dejando a su paso un verdadero tendal de muerte y destrucción. Día tras día se verifican los cierres de fábricas, comercios y demás pymes, el vaciamiento de las empresas estatales y, en lógica consecuencia, el aumento en la desocupación y la caída brusca en la actividad económica que ese aumento trae aparejado.

El proyecto político neoliberal es el proyecto de los más ricos en cualquier sociedad. Y cuando hablamos de los más ricos no hablamos del mediano empresario con fábrica de repuestos para automóviles, casa propia y una docena de obreros a cargo. Hablamos de las grandes corporaciones, del capital financiero especulador y de las oligarquías terrateniente y minera. Estos, que son una ínfima minoría de la población, son los únicos beneficiados por el proyecto político neoliberal y todos los demás ―el restante 99%― pagará siempre la fiesta en mayor o menor medida.

Por lo tanto, para beneficiar al 1% más rico y hacer pagar los platos rotos a los demás, el neoliberalismo debe matar y destruir masivamente. La tendencia es siempre a la concentración total de la riqueza entre pocas familias y eso solo puede resultar en la muerte de todos los que no entren al club, que somos nosotros.

La obra de destrucción

Para que las corporaciones puedan avanzar libremente sobre los recursos humanos y naturales de cualquier país es necesaria la destrucción de los que habitan ese país y son la expresión concreta de la nación: los pueblos. Si los pueblos están organizados sobre un determinado territorio, entonces las corporaciones encuentran serias dificultades para extraer de allí la riqueza que ambicionan, es decir, para robar.

Por la parte que aquí nos interesa, en la explotación sin límites de los recursos humanos, la explotación del trabajo, las corporaciones necesitan pagar salarios tan bajos que sean suficientes apenas para que el trabajador pueda mantenerse a sí mismo y a su prole ―de ahí la categoría de proletariado― en condiciones miserables de existencia. En esas condiciones, el trabajador debe ser capaz de seguir trabajando y de “educar” a sus hijos para que hagan lo mismo en el futuro. En una palabra, los ricos necesitan a los trabajadores de rodillas, trabajando para comer y nada más, para asegurar la sumisión de toda la clase social.

Eso se logra con la llamada ley de oferta y demanda, un principio básico de la economía de mercado capitalista. Y se explica muy fácilmente: si existe pleno empleo y la desocupación es solo residual, como ocurrió durante el gobierno popular entre 2003 y 2015, la tendencia es que los trabajadores exijan cada vez mejores salarios y condiciones de trabajo. De ahí las paritarias, las licencias por maternidad, las vacaciones pagas, el aguinaldo, etc. Al no existir lo que Marx denominaba un “ejército de reserva” de desocupados como oferta de brazos en el mercado laboral, las empresas quedan imposibilitadas de presionar con la amenaza de despido a los trabajadores que exijan mejores condiciones de trabajo y salarios cada vez más altos.

Entonces las corporaciones necesitan ejércitos de reserva de trabajadores cada vez más numerosos, necesitan que la oferta de brazos sea muy grande para que esos brazos sean baratos. Y eso se logra aumentando la desocupación. Entonces la obra de destrucción del neoliberalismo se pone en marcha.

Destruir el empleo a como dé lugar

Cuando las corporaciones se hacen con el poder político en el Estado, imponen entonces un gobierno de corte neoliberal. Lo que dicho gobierno hace es lo que las corporaciones necesitan que haga: destruir, destruir y luego destruir más.

Y allí va el gobierno neoliberal a destruir, empezando por la destrucción del empleo. Por una parte, “achica” el Estado despidiendo empleados públicos y vaciando las empresas estatales para que en ellas ocurra lo mismo. Los ejemplos más recientes de este proceder son los despidos masivos en la empresa provincial de ferrocarriles Ferrobaires y en la Administración Nacional de la Seguridad Social (ANSES): cientos de empleados públicos echados a la calle a engrosar las filas del ejército de reserva y a presionar hacia la baja los salarios de los trabajadores que siguen manteniendo, por ahora, sus puestos de trabajo.

Pero la cosa no se queda ahí. Al aumentar la desocupación con el despido masivo de empleados públicos, lo que el gobierno neoliberal logra además es la caída brutal de la actividad económica y eso va a generar la destrucción de puestos de trabajo también en el sector privado. A menos trabajadores ocupados en una sociedad, menor es el poder adquisitivo de las clases populares porque es menor la masa salarial existente. En otras palabras, el que no recibe un salario no consume y el que vende productos y servicios, va a vender naturalmente menos.

Las primeras afectadas por el desplome en la actividad económica son las pymes comerciales e industriales que se dedican a producir y a servir a las clases populares y los sectores medios de la sociedad. Los comercios, por ejemplo, caen rápidamente cuando la actividad económica se derrumba, puesto que viven prácticamente “al día” del consumo cotidiano de esos sectores sociales. Los ricos no consumen en pymes.

Los recientes conflictos en dos de las más tradicionales cafeterías de nuestra ciudad ―La Fuente de Oro y la Confitería Boston― son el mejor ejemplo de ello. La caída de la actividad económica impacta directamente en el consumo, y tomarse un café con medialunas se vuelve, de pronto, un lujo para aquellos que tenían por hábito hacerlo. El trabajador sin salario o en la incertidumbre de si va a seguir empleado o no tiende a tratar de garantizar la alimentación básica para sí mismo y para su prole, prescindiendo de todo lo que ahora cae en la categoría de lo superfluo.

Entonces las pymes comerciales e industriales hacen crisis y empiezan a cerrar locales y plantas, y lógicamente a despedir sus empleados, que van a sumarse al ejército de reserva en el que ya esperan los empleados públicos cesanteados. El desempleo sigue en aumento y se activa el círculo vicioso de la economía, donde cada vez hay menos empleo y, por lo tanto, menos consumo, lo que va a resultar en haya aún menos empleo y menos consumo, y así sucesivamente hasta la quiebra del sistema entero, cosa que los argentinos conocimos en carne propia en aquel aciago año 2001.

Ese círculo vicioso de la economía es justo lo opuesto a lo que prescribía John Maynard Keynes y solemos llamar “ciclo virtuoso de la economía”. El keynesianismo no es otra cosa que esto: generación creciente de empleo para inyectar dinero en la base ―en las clases populares, trabajadoras, y en los sectores medios en general― para activar toda la economía mediante el consumo. Nada más sencillo que eso, pero el neoliberalismo de las corporaciones quiere otra cosa.

En el círculo vicioso de la economía que propone el actual gobierno neoliberal de los ricos caemos todos. Algunos mantendremos nuestros puestos de trabajo, pero no sin hacer concesiones inaceptables y acceder a flexibilizaciones laborales que tienden a rebajarnos a la condición servil. Los demás, los que queden desocupados, van a formar en las filas del ejército de reserva que las corporaciones necesitan para explotar los recursos humanos del país sin más limitaciones que su propia codicia. Pero lo cierto es que todos seremos proletarios en el sentido de que nos pagarán solo lo justo y lo necesario para que podamos comer y darles de comer a nuestros hijos, los proletarios, esclavos y siervos de las corporaciones de mañana.

Igual que en el siglo XIX relatado por Marx. Ellos hablan de futuro, pero el neoliberalismo es el pasado. Es un pasado remoto al que no nos conviene volver, porque allí solo hay muerte y destrucción para nosotros.

Por Erico Valadares