“Esta es la raíz del dilema sarmientino de ‘Civilización o Barbarie’ que sigue rigiendo a la ‘intelligentzia’. Se confundió civilización con cultura, como en la escuela se sigue confundiendo instrucción con educación. La idea no fue desarrollar América según América, incorporando los elementos de la civilización moderna; enriquecer la cultura propia con el aporte externo asimilado, como quién abona el terreno donde crece el árbol. Se intentó crear Europa en América, trasplantando el árbol y destruyendo al indígena que podía ser un obstáculo al mismo para su crecimiento según Europa, y no según América”.

Arturo Jauretche, Los profetas del odio y la yapa, la colonización pedagógica.

La civilización de Sarmiento y Mitre parte de la negación de lo autóctono por bárbaro en oposición a lo europeo, civilizado y científico. Subyace allí la idea de un progreso de tipo universal consolidado en la noción de civilización. El obstáculo para “civilizar” América era todo lo autóctono de sí. Es decir, quienes fuimos y aún somos, el sujeto de la barbarie que, según la historiografía mitrista, impedimos que Argentina se convierta en el tan mentado “país serio” que el poderoso pretende construir en función de sus intereses que, necesariamente están vinculados a nuestra propia negación como clase subalterna, en nombre de la pretendida universalidad de occidente y los valores que sostienen los privilegios de su clase dominante.

El autodesprecio como zoncera sistematizada

De ahí surge el ocultamiento adrede de nuestra identidad —de color moreno de la Patria Grande— inserta en esta parte del mundo, como punta de lanza de la extranjerización que reza que nuestro país es un pedazo de Europa en otra latitud y que, incluso, Buenos Aires es una versión americana de París. En definitiva, no tenemos arriba ni abajo. Estamos flotando en el espacio carentes de gravedad como si fuéramos astronautas en el espacio. No tenemos un suelo donde pisar y afirmarnos, por lo cual no tenemos un punto de apoyo desde donde erguirnos y domiciliarnos en el mundo frente a una otredad ante la cual nos pretenden diluir y mimetizar. Manteniendo nuestra identidad en el ostracismo, actuando como lo que no somos y con nuestra autoestima por los suelos, la oligarquía se garantizó la materia prima para el tráfico de soberanía a medida de los intereses británicos —y más tarde, estadounidenses—, los cuales comprendían la maquinaria de expoliación de nuestras riquezas lubricada por la desunión latinoamericana y la colonización pedagógica.

Se explica así, el ensañamiento del poderoso contra el carnaval y contra toda manifestación de las mayorías, como vemos plasmado en este artículo publicado en 1822 por El Argos de Buenos Aires, el cual distingue entre los carnavales civilizados de Grecia —bacanales— y el “resto de barbarie” que configuran las celebraciones autóctonas:

Simbólicamente, esta fiesta popular pone el mundo al revés durante algún tiempo y hace visibles a quienes somos invisibles el resto del tiempo. Ese acto de poner el mundo patas para arriba es lo que el poderoso huele y detesta del 17 de octubre —por el sublevamiento del subsuelo de esa patria, factoría de alguien—, los gobiernos nacional-populares y las manifestaciones de las mayorías en general. En nuestro país, la dictadura militar decidió prohibir los feriados de carnaval, a imagen y semejanza del mundo civilizado. Eduardo Galeano daba en el clavo en torno a todo lo dicho en este párrafo:

“El sol salía de noche,
los muertos huían de sus sepulturas,
cualquier bufón era rey,
el manicomio dictaba las leyes,
los mendigos eran señores
y las damas echaban llamas.
Y al final, cuando llegaba el miércoles de ceniza, la gente se arrancaba las máscaras, que no mentían, y volvía a ponerse las caras, hasta el año siguiente.
En el siglo dieciséis, el emperador Carlos dictó en Madrid el castigo del carnaval y sus desenfrenos: Si fuera persona baja, cien azotes públicos; si noble, al destierro por seis meses…
Cuatro siglos después, el generalísimo Francisco Franco prohibió el carnaval en uno de sus primeros decretos de gobierno.
Invencible fiesta pagana: cuanto más la prohibían, con más ganas volvía”

Un resto de civilización

Conseguimos este documento del año 1822 en la página del Archivo General de la Nación Argentina, quienes publicaron esta muestra de desprecio por las mayorías como una simple “crítica” a los carnavales. Para el sentido común, es crítica y la crítica tiene cualidades científicas y objetivas en vez de una carga ideológica funcional a intereses concretos. Así es como el discurso que se pretende inocuo y desideologizado no es más que el discurso de la clase dominante camuflado como natural y objetivo. Toda vez que no nos expresemos en favor del más débil explícitamente —que es lo único que el sentido común asocia con politización—, implícitamente estaremos defendiendo los intereses del poderoso, parafraseando a Scalabrini Ortiz. Entonces, no hay forma de ser apolítico cuando uno está evaluando o refiriéndose a hechos puramente políticos, como este artículo de hace dos siglos.

Esto que acabamos de explicar no es más que el ejemplo local de lo que una hegemonía es: naturalizar un orden funcional al grupo dominante y convencer al grupo subalterno no sólo de que es una buena idea para el conjunto, sino que nada puede interponerse entre el poderoso y sus objetivos porque quien así lo hiciere, sería un bárbaro anticientífico, enemigo de la civilización y el progreso. O en los términos de nuestros días, un populista demagogo.

Por Alejandro Di Guida