Nunca faltan ni faltarán el purista, el exquisito y el de paladar negro, todos muy ligeros a la hora de elegir quiénes sirven y quiénes no sirven para la construcción política. En toda movilización están, prestos a cuestionar: “¿Por qué marchan estos impresentables al lado nuestro?” y a señalar con el dedo los elementos que, a su juicio, no son dignos de compartir ningún espacio con esta entelequia de nosotros como pureza abstracta.

Pero la política es otra cosa. La política es, desde el punto de vista de la gente de nuestro pueblo, la única herramienta de transformación posible de la realidad, la única al alcance de las mayorías para mejorar su calidad de vida y la de sus hijos y nietos. Fuera de la política solo existe el poder económico, donde el pueblo no tiene nada que hacer y las decisiones son un negocio exclusivo de media docena de potentados.

Al no lograr comprender esa utilidad práctica de la política para las clases trabajadoras, para las clases subalternas en general, el purista, el exquisito y el de paladar negro encaran la cosa como fundamentalistas: o sale todo como ellos quieren que salga, o que explote el país y el mundo entero mañana mismo. Y el resultado de ese fundamentalismo es que en el medio quedan millones de otros individuos que la pasan muy mal e incluso mueren al descender abruptamente su calidad de vida. Los jubilados sin medicamentos y con jubilaciones recortadas, los chicos sin comer, los que tienen capacidades diferentes o necesitan de tratamientos médicos específicos para seguir viviendo. Mientras el purista le busca la hipotenusa al teorema de la cucaracha, como diría Santos Discépolo, cientos de miles y hasta millones sufren las consecuencias de un gobierno neoliberal que no respeta nada.

Construir nuevas mayorías

Más allá de las implicaciones prácticas de la política como la herramienta de transformación social por antonomasia, está el asunto fundamental, por cierto, de ganar las elecciones y poder gobernar con cierto consenso social. Y para que eso pase, es necesario construir mayorías políticamente. Si esas mayorías no se construyen, no se ganan las elecciones; y si igual se accede al gobierno sin ganarlas, gobernar se vuelve imposible, por esa ausencia de consenso que en la teoría solemos llamar “gobernabilidad”.

Y si hablamos de teoría tenemos que hablar de Ernesto Laclau, que para el campo nacional-popular fue la teoría misma corporizada en un individuo. Según Laclau, la política —o lo político, para hablar en sus propios términos— no es otra cosa que la articulación de las demandas particulares de distintos sectores de la sociedad y, a partir de esa articulación, acceder al poder político en el Estado y mantenerlo durante un periodo más o menos largo. Claro que esta es una síntesis demasiado apretada de lo que nos enseña Laclau de manera muy sofisticada y hasta críptica. Pero lo fundamental está dicho en estas líneas: hay que construir mayorías en la política, o no hay política en absoluto.

La conclusión, por lo tanto, es una sola: para triunfar en la lucha por el poder político en el Estado hay que empezar por articular los intereses de varios grupos. Eso fue lo que hizo la derecha neoliberal en 2015, cuando juntó en una misma bolsa de gatos a todo el gorilaje habido y por haber y a una multitud de manipulados por los medios de difusión del poder económico. Aunque no articulaba los intereses de todos los involucrados, ese rejunte les hizo creer que sí: los manipulados creyeron realmente que el “cambio” les iba a convenir, entonces hubo una articulación social y eso le alcanzó a la derecha neoliberal para ganar las elecciones de 2015, acceder al poder en el Estado y mantenerse allí hasta el día de hoy. Y para, desde allí, destruir a los pueblos y favorecer a los ricos, como viene haciendo hace poco más de 26 meses.

¿Qué hacer?

Lo que el gobierno neoliberal de las corporaciones destruye es la patria, al destruir a los pueblos que somos su única expresión concreta. El neoliberalismo destruye la patria y luego rifa lo que queda en una mesa de saldos. El resultado es la muerte de los pueblos. Por lo tanto, como ya no damos más de tanto maltrato neoliberal, la cuestión se resume a hacer en defensa propia y de una forma hasta literal: o desalojamos de la casa de gobierno a los gerentes de las corporaciones que nos están matando a cuentagotas, o morimos nosotros. Y para eso, como se ve, no existe alternativa: hacemos como dice Laclau y articulamos los intereses de distintos sectores sociales para hacer mayoría, o el gorilaje va a seguir reinando hasta que del país no quede ni el recuerdo.

Esa mayoría que necesitamos para sobrevivir y luego recuperar la patria, que es la dignidad del pueblo, como decíamos, se compone de modo muy heterogéneo. Moyano es impresentable para el gusto de muchos de nosotros, sin lugar a dudas, pero es la clave para acceder a la articulación con un sector muy numeroso de la sociedad. En otras palabras, Hugo Moyano representa a uno de los varios sectores que debemos articular necesaria y políticamente para formar mayoría, ganar y después gobernar transformando la realidad.

Una mano anónima, pero con mucha conciencia de la realidad, expresa en las paredes de Buenos Aires esta sencilla verdad: no marchamos con Moyano, sino contra el gobierno neoliberal que encabeza Mauricio, que siempre fue Macri.

Cualquier análisis que difiera en este punto está condenado al fracaso del tristemente famoso purismo trosco, que siempre reúne el 3% de los votos todos los años y nunca, pero jamás en la historia y en ninguna parte, gobernó nada que no sea un centro de estudiantes y su respectiva fotocopiadora. Y el purismo trosco no nos sirve. Para que los jubilados tengan medicamentos y jubilaciones dignas, para que los únicos privilegiados —que son los pibes— tengan la alimentación y la educación a la que tienen derecho y para que todo aquel que necesite una mano para salir adelante con sus necesidades y limitaciones pueda hacerlo, debemos ser capaces de gobernar mucho más que un centro de estudiantes. Debemos gobernar un país desde el poder político en el Estado, al que no se accede con el 3% de la voluntad popular en las urnas, sino con grandes mayorías más bien heterogéneas.

Perón no teorizaba como Laclau y nunca se propuso hacerlo así. Perón es la sabiduría popular trasladada a la política. Y con esa sabiduría, nos enseñó:

“Compañeros, escuchen al pueblo, sean humildes. En toda época cayeron imperios y reyes, como castillos de barajas. No se cierren, todos los compañeros son importantes y recuerden como se hace un buen ladrillo de adobe: tierra, agua, paja y… bosta. Todos los elementos son necesarios y dejar de lado a los trabajadores y al Partido es ir en contra del peronismo histórico. Hay que aprender de las derrotas, porque de ellas nace la experiencia política”.

Finalmente, como diría Raúl Scalabrini Ortiz, otro enorme intelectual de los pueblos y un patriota de aquellos, no se trata de elegir entre Hugo Moyano y el arcángel San Miguel, porque si así fuera sería muy fácil la opción; se trata de elegir entre Moyano y el neoliberalismo de los ricos, del ladrón, del asesino y del genocida. Y el que fuere buen compatriota argentino que elija, pues la hora de la decisión ha llegado ya.

Por Erico Valadares