El debate es viejo, aunque no deja de ser actual. En nuestro país históricamente hemos discutido sobre cómo recuperar las Islas Malvinas de las garras del imperialismo occidental. Las posturas a este respecto son las más variadas y nadie parece ponerse de acuerdo en el mejor método para lograrlo. Desde las llamadas “políticas de seducción” de los años 1990, que incluían el envío de regalos a los kelpers como intento de ganarse su simpatía hasta las posiciones más abiertamente militaristas que condujeron a la guerra y al desastre, prácticamente cualquier argentino cree conocer la fórmula para recuperar esa parte de nuestro territorio que hoy se encuentra ocupada por una potencia colonialista.

El exsecretario de Asuntos Exteriores del Reino Unido Malcom Rifkind y el excanciller, Guido Di Tella, en los tiempos de la “política de seducción”

Pero el método es el mismo de siempre y nada tiene que ver con seducciones al enemigo ni con el lanzamiento de misiles locos sin respaldo contra los británicos instalados en las Islas. La única forma posible de recuperar una soberanía perdida es la política, es decir, es el hacerse políticamente fuertes para negociar desde otro lugar. Eso es lo que Argentina debió haber hecho siempre y fue lo que efectivamente hizo durante el gobierno popular, entre 2003 y 2015.

Hacerse fuertes políticamente equivale a formar alianzas con otros países que intentan liberarse de la bota imperial. Los intentos de construcción e integración regional que se materializaron en los bloques Mercosur, Unasur y CELAC, por ejemplo, fueron movimientos políticos del gobierno popular hacia ese fortalecimiento de la posición argentina frente al poderío militar de Gran Bretaña y de la OTAN en general. Al asociarse con otros países de la región que también son colonias y también buscan liberarse, lo que la Argentina hizo fue aunar esfuerzos con esas naciones para una causa común y que Malvinas entrara a formar parte de la agenda del bloque como condición para la soberanía política también común.

Además del esfuerzo de integración regional, otro aspecto de la cuestión es la asociación con emergentes que son potencias regionales y bregan contra el imperialismo occidental. Así, el acercamiento de Argentina durante el gobierno popular a naciones como Rusia y China apuntaba a ese fortalecimiento de nuestra posición política en el mundo. De hecho, gracias a esa amistad forjada, Vladímir Putin se ha mostrado una y otra vez favorable a la causa de Argentina en Malvinas, lo que no es moco de pavo.

Por otra parte y en última instancia, la única garantía de soberanía política es la independencia económica. Al fortalecer esa independencia mediante el pago de la deuda y el no endeudamiento en lo sucesivo, el gobierno popular dio importantes pasos hacia la soberanía política. Echar al Fondo Monetario y dirigir la economía independientemente de la voluntad del imperialismo es la forma de asegurar que los intereses de dicho imperialismo no vengan a corromper la construcción de una soberanía política efectiva.

Estamos haciendo todo al revés

Pero el gobierno popular finalizó en 2015 y fue sustituido por un gobierno neoliberal y cipayo, cuyos intereses distan muchísimo de cualquier voluntad de independencia y soberanía. Como en 1982, el actual gobierno busca entorpecer la causa Malvinas, aunque en su discurso quiera decir todo lo opuesto.

La excanciller argentina Susana Malcorra, quien hizo silencio en todos los reclamos sobre la soberanía de las Islas Malvinas y la Antártida.

Es sabido que nada puede recuperarse poniéndose de rodillas frente al usurpador y mucho menos si además de esto, se rompen los lazos con quienes nos podían ayudar en dicha recuperación. En este sentido, el desgaste progresivo de las relaciones diplomáticas con los países antiimperialistas de oriente y de Latinoamérica —que van quedando pocos, pero resistiendo y determinados a vencer—, tiene como fin un abandono dosificado de la lucha por la soberanía en las islas y esto, tiempo atrás, fue explicitado por el propio Macri cuando habló del déficit que implicaría incorporarlas a nuestro gobierno, como si la geopolítica no tuviese ningún sentido en el mundo en que vivimos. Y aunque los últimos años se limitó a hablar de una recuperación “inexorable y en paz”, la realidad es que su gobierno no ha hecho más que entorpecer cualquier avance que en la materia se había logrado hasta que asumió.

Sumado a esto, el endeudamiento feroz en que nos está ahogando el gobierno de las corporaciones es clave para cortarnos los caminos a futuro; en tanto los verdugos del FMI estén dirigiendo nuestra economía y tengan pretextos para exigirnos, no podremos distribuir nuestras riquezas en función de una construcción patriótica de los pueblos. Y los cipayos del poder, no conformes con la timba financiera y el desfinanciamiento de las políticas de justicia social, ya se encargaron de dejarnos sometidos por 100 años en poco más de medio mandato que llevan. De seguir a este ritmo, cuando por fin se vayan ya no sabremos hasta dónde llegarán nuestras deudas, pero estará a las claras que no serán ellos quienes las paguen.

Es entonces que el ejercicio de la política y el uso inteligente de las herramientas que ésta nos brinda serán el camino a transitar; una vez que el gobierno vuelva a ser nacional popular deberemos todos, cada uno desde el lugar en que ejerce ciudadanía, saber defender y apoyar las políticas que estén orientadas a la recuperación de los terrenos en donde nuestra identidad nacional se manifiestan.