Vamos desentrañando las estrategias del enemigo en esta guerra que ha librado contra el pueblo argentino en su conjunto: el manejo y la administración del odio como base para la construcción de nuevas subjetividades está siendo, a las claras, altamente efectivo a los fines del poderoso y, a la vez, peligrosamente dañino para las mayorías populares en las que estamos todos nosotros.

No es para tomarse a la ligera lo que sucedió ayer frente a Tribunales, ya que lo que pudimos ver es cómo un sector de nuestra sociedad —entrado en años y con declarada aceptación al proceso militar en un gran mayoría, sino todos —, está dispuesto a movilizarse, a vociferar y hasta a ponerse en el más absoluto ridículo con tal de defender los intereses de sus ídolos, que no son de barro sino de carne, hueso y de una clase social a la que ninguno de estos “defensores de la democracia y la república” llegará jamás a pertenecer. Sin embargo, una multitud de estos especímenes con derecho a voto se manifestó y mostró la nueva etapa de manipulación que estamos atravesando como conjunto social, en donde las masas populares (porque aunque nos duela, quienes allí estuvieron también son parte del pueblo y por ende, parte de nosotros) son utilizadas para presionar a jueces, fiscales y a todo el aparato judicial.

La creación de los fantasmas a odiar (y a encarcelar)

Esto no está desligado de lo que acaba de suceder en Brasil con la encarcelación de Lula y la destrucción de lo que significa el ejercicio de la justicia, en vistas de una decisión tomada a criterio del juez, lisa y llanamente. Porque con ese precedente, el neoliberalismo lo que quería y está logrando es instalar la idea de que si la “opinión pública” está convencida de que alguien (siempre en el ámbito de la política, que es donde se está jugando en grande) es corrupto o ha cometido algún delito, entonces la justicia tiene que acatar la “voluntad popular” y debe encarcelar a todo aquél que sea sistemáticamente acusado por determinado sector de la sociedad, por más que no hayan pruebas que determinen la culpabilidad en lo que se lo esté acusando. Pero siempre, sin excepción en esta faceta neoliberal que está atormentando a Latinoamérica, se da este entramado acusatorio en torno a los representantes del campo popular.

Esto, como todas las cosas que son profundas e irracionales, tiene un proceso muy bien instrumentado y los medios de difusión del poderoso son la clave para que los efectos sean los que observamos. Miles de horas en pantalla hablando de cuán malo, corrupto, mentiroso, farsante, rebelde y cualquiesquiera otras adjetivaciones negativas se le puedan atribuir al referente elegido como blanco; opiniones, tapas de diarios y revistas, comentarios en las redes sociales, aparición de testimonios de dudosa o inexistente veracidad; investigaciones con mote de seriedad, periodistas con título de las corporaciones y tantos otros mecanismos, bien conocidos por todos, son la base para la instalación de la idea de que esa persona, el representante de los pueblos, en realidad es un monstruo al que “alguien debe detener”. Se convierte, para el sentido común que está construido (o destruido, mejor dicho) por el poderoso, en el “enemigo” o “fantasma” que amenaza la institucionalidad y el correcto funcionamiento del sistema democrático, aunque quienes tomen esto como verdad no tengan ni idea de lo que eso significa.

Entonces ahora que el terreno está preparado, que en Brasil un expresidente está preso por “corrupción”, sin que para ello fuera necesario que existan pruebas y que en Argentina “liberaron” a dirigentes kirchneristas que habían sido acusados de corrupción, pero a los que no se les encontraron pruebas, el resultado es casi hasta lógico: no se necesitan pruebas para encarcelar, sólo jueces que estén dispuestos a hacerlo. Y ahí podemos entender perfectamente cuán importante fue la movilización de ayer, que fue orquestada desde las redes sociales en donde reinan los trolls de Marcos Peña y que tuvo el claro propósito de ejercer presión, mucha presión, sobre el sistema judicial argentino. En otras palabras, el gobierno mandó un “apriete” a los jueces para que, llegado el momento, hagan lo que el poderoso le está pidiendo; esto es, meter presos a todos los representantes del pueblo, empezando por Cristina, claro está.

No los subestimemos, son un peligro

En este sentido hay algo que es crucial: no debemos permitirnos caer en la burla y en el descrédito de estas situaciones, ya que estamos en el límite del odio en donde la paciencia ya no es algo que nos sobre a quienes estamos viendo hacia dónde camina todo esto. A ellos, a los odiadores irracionales, los usan a gusto porque ya obtuvieron su voluntad, ellos ya están absorbidos por la enajenación y la fantasía de creerse parte de los dominantes; ellos son los perros guardianes del poderoso. Pero a nosotros, a los que luchamos incansablemente por la deconstrucción del sentido común y que vemos, mediante las herramientas de la política, las formas de articular la necesidad imperiosa de volver a un gobierno nacional-popular y el diario vivir de las clases trabajadoras, también nos están usando cuando caemos en sus provocaciones.

Si nos quedamos con la foto del ridículo y no somos capaces de ver que en eso hay un peligro inminente de pueblo contra pueblo, de que sean esas mismas personas completamente fuera de sí las que terminen de hacer el trabajo sucio con nosotros, entonces nos atacarán desprevenidos y estaremos a su merced. Nos están acorralando, porque nos están contagiando del odio que ellos mismos tienen y no estamos viendo con claridad la forma de atravesar ese umbral para pasar al frente en esta batalla. Es nuestra tarea, hoy más que nunca, no permitir que el odio siga incrementándose y que se esparza entre nosotros, porque esa es la verdadera fuente del poder que están teniendo y que a pesar de estar actuando de manera brutal contra nuestros intereses y nuestras vidas, siguen ahí, arriba nuestro, riéndose de nosotros mientras acá creemos que somos nosotros los que nos reímos.

Pero no hay nada de que reírse, son un peligro y están por todos lados.

Por Romina Rocha.