Ayer tuvimos en todo el país lo que se dio a conocer como un “ruidazo”, que había sido convocado a través de las redes sociales y que se sintió con variada intensidad en diferentes lugares del país. La consigna era protestar contra los aumentos de las tarifas de servicios el mismo día en que se suponía que eso sería tratado en el Congreso Nacional, cosa que finalmente no sucedió por la falta de quórum y el escándalo de las provocaciones del oficialismo a cargo del diputado Massot. Entonces ya estaba mal planteado desde el principio: salir a quejarse por algo que, en teoría, ya habría sido tratado horas antes de la convocatoria en sí, carece de sentido y hasta cae en el absurdo y el despropósito. Al fin y al cabo, si todo hubiera sido como se había pautado, sólo se hubiese salido a mostrar un descontento por algo que ya no se podría modificar con una acción de ese tipo.

Pero lo que queremos es focalizar en los resultados de este tipo de acciones, porque hay una pérdida progresiva y veloz de la claridad de las motivaciones y, en consecuencia, de los efectos que en concreto se logran mediante ellas. Las banderas que se alzan en estas convocatorias son variadas y hasta contradictorias en muchos aspectos, porque más allá de las consignas globales —“contra los tarifazos”, en este caso en particular— lo cierto es que lo que mueve a muchos a volcarse a estas formas de protesta es la necesidad de canalizar la bronca y la indignación en algún lugar en donde haya otros que busquen y sientan lo mismo.

La embestida neoliberal está en un momento de ferocidad tal que no sólo aprieta los bolsillos, sino que también y por sobre todas las cosas oprime fuerte el corazón y la cabeza. Entonces aparece, cada vez con más intensidad, la necesidad de expresarse de alguna manera por la incomprensión generada durante todo este tiempo en el que los medios de difusión del poderoso se han encargado, con muy buenos resultados, de abombar al sentido común y apropiarse de la dirección que toma en cada momento según lo que las corporaciones necesiten.

Ellos disfrutan del show

Es importante y hasta fundamental poder entender lo que está sucediendo con la protesta social porque el panorama no es nada bueno. Desde los infiltrados en las marchas por la aparición de Santiago Maldonado hasta la violencia inaudita en las represiones de las marchas del último diciembre por las reformas laboral y previsional, pasamos ahora a una nueva etapa en la que tanto las motivaciones como los resultados de los cacerolazos o “ruidazos” son, en esencia, no más que lo que su nombre indica: ruido. Porque a esta altura del partido, en la que el poderoso viene jugando fuerte y viene ganando a fuerza de control sobre la mal llamada “opinión pública”, lo que no se nos puede escapar es la falta de repercusión en el rumbo de aquello que se pretende cambiar con las acciones de este tipo.

Mientras miles y miles de personas se vuelcan a las calles a gritar y a pedir que no se siga ahogando al pueblo, la realidad es que el poderoso se está matando de risa, viendo aquello que pretende ser un reclamo como una simple muestra de desorientación y agobio de una sociedad que sólo le interesa en los términos en que le sea beneficiosa al propio enemigo.

Las provocaciones son cada vez más alevosas y las consecuencias siempre contrarias a los intereses de las mayorías. Ellos entendieron el juego y nosotros, que estamos viendo la manera de que eso sea visible y accesible, terminamos cayendo una y otra vez en la propuesta que el enemigo hace. Ellos proponen y nosotros tenemos que desenredar la jugada una y otra vez. Pero en cuanto a lo que está viéndose en la calle tenemos grandes contrastes, porque los intereses de unos y otros cuando hay un tema en discusión se definen, en los últimos tiempos, con mayor claridad en su lado que en el nuestro.

Nicolás Massot en en Congreso durante la sesión que debía tratar los aumentos tarifarios y que finalmente no tuvo quórum para llevarse a cabo.

Podemos poner dos ejemplos muy cercanos para que se entienda el punto. En ocasión de la marcha de los “pro-vida” en torno a la discusión de la ley del aborto, hubo muchísima más repercusión generada por ese grupo que salió a provocar con un bebé gigante de papel de la que hubo con las muchas manifestaciones a favor de la ley del aborto, pero en ambos casos lo que se recuerda no es tanto si unos estaban a favor y otros en contra sino las situaciones puntuales que escandalizaron y fueron el foco preferido de los medios de difusión. Lo grotesco, lo chocante, lo extremista de cada movilización en particular fue lo que se llevó todas las miradas, corriendo completamente el foco de las motivaciones reales de una y otra. Explotaron desde adentro, pero de un lado esa era la intención y del otro lado no. Porque los que salen a provocar quieren eso, que explote todo y que no se entienda por qué se sale, sino que sólo se busca llamar la atención y esto, como siempre, le suma al poderoso y nos resta a los pueblos sustancialmente.

El segundo ejemplo podemos verlo mucho más cerca: hace unos días hubo una manifestación por la “transparencia” en la justicia y el odio estaba muy bien dirigido, ya que se apuntaba directamente a los jueces que no estaban corriendo a la oposición. Quienes fueron a esa marcha fueron a apoyar al gobierno de Macri, entonces el gobierno de Macri —a través de los medios de difusión que lo sostienen— le dio una importancia muy grande al reclamo de este grupo de zombis adiestrados. En cambio, con el “ruidazo” de ayer, los reclamos no dejaron de ser mencionados pero los efectos, a las claras, no le quitaron el sueño a ninguno de los que fueron apelados. Los títeres del poderoso la miraron por tevé, y de seguro que no se les movió un pelo.

Enfocarse en el verdadero enemigo

Y acá la cuestión es poder parar la pelota y ver cuál es el verdadero enemigo al que debemos enfrentar. No se trata de ir a gritarle a Macri, ni de cantarle canciones ni mucho menos de decir “que se vayan todos” como si esto fuera otra vez el 2001, para nada. El tiempo ha pasado y aunque evidentemente nos ha faltado mucho por aprender, la realidad es que las cosas no suceden dos veces de la misma manera, entonces debemos empezar a cambiar las recetas que nos están fallando porque ya caímos en la repetición ciega y desorientada, que es no sólo improductiva sino además contraproducente. Nos estamos enterrando solos, básicamente, y el pozo lo estamos cavando muy profundo.

Porque si todo esto está sucediendo en semejante escala, es porque hay un enemigo invisibilizado al que no estamos llegando ni por casualidad. Éste maneja los hilos del caos y nosotros estamos tirando para donde no es. Si no fuese por los medios de difusión que maquillan absolutamente todo lo que está mal y deforman todo lo que está bien en relación a las mayorías populares, podríamos hablar de una lucha de clases librada en las calles y si fuera así, por una cuestión numérica ya tendríamos que haber triunfado hace mucho tiempo. Sin embargo, esto no sucede porque el enemigo ha sabido distraernos a tal punto que no estamos viendo a quién debemos reclamarle. El verdadero artífice de este entramado político que nos está sometiendo es el Grupo Clarín, en alianza con otros multimedios, pero todos dirigidos por los intereses corporativos a los que responden.

Esta semana en Brasil salieron miles de hermanos a ocupar la sede de la Red Globo y cuando tomaron las calles lo hicieron reclamándole al poder corporativo por la crisis que están atravesando. La conciencia de clase no es sólo saberse en el lugar de subalterno y reconocer a nuestros compañeros, que son el 99% de la sociedad en su conjunto, sino también y por sobre todas las cosas hacer uso de lo que nuestra posición real en el mundo nos permite. Nosotros no somos los dueños de los medios, pero sí de nuestros cerebros y de nuestras conciencias. Por lo tanto, si no somos capaces de despojarnos de todo el tormento y confusión con que nos bombardean a diario para controlarnos, entonces le estaremos entregando nuestro futuro a quienes están decididos a ganarlo todo definitivamente. El único lugar al que no pueden entrar sin nuestro permiso es a nuestra conciencia, entonces empecemos a ver al verdadero y más grande enemigo de los pueblos, porque si no sólo van a cambiar las figuritas de la fachada de gobierno, pero quienes toman las decisiones seguirán ahí, impunes, riendo detrás del decorado.

Por Romina Rocha.