El contexto internacional y regional son, por estos días, altamente complejos y no podemos ni debemos perder de vista sus detalles: se están jugando las cartas de los nuevos entramados geopolíticos a nivel global y Latinoamérica no es la excepción. A tan sólo 3 días de la asunción pro tempore de la presidencia de la UNASUR por parte del gobierno de Bolivia, 6 de los 12 países que conforman el bloque decidieron abandonarlo “por tiempo indeterminado” debido a, según dicen los países desertores, la acefalía en la secretaría general. Pero aunque Evo Morales y el canciller de Bolivia ya han negado que este abandono sea tal ya que, según expresaron en la carta Argentina, Chile, Paraguay, Brasil, Perú y Colombia, sólo dejarán de participar de las reuniones, lo cierto es que detrás de esto hay todo un entramado neoliberal que no puede escapársenos del análisis.

Luego de los ataques del imperialismo liderado por EEUU, Francia y Gran Bretaña al pueblo de Siria en los días pasados, tanto Evo como Maduro fueron los presidentes latinoamericanos que más contundente rechazo manifestaron en la Cumbre de las Américas a estos acontecimientos, pero el caso de Morales fue más imponente dado que pudo hacerlo justo frente a Macri. Y siendo el presidente de un gobierno nacional-popular que sigue firme en la construcción de aquello que supimos vivir en la Argentina de Néstor y Cristina hace no tanto tiempo atrás, a las claras fue muy mal recibido por los cipayos que presiden los países que hoy le dan la espalda al bloque. Pero no es sólo la desestabilización de UNASUR lo que se pretende con este movimiento; acá lo que tenemos es la antesala de lo que quieren hacer con Evo en Bolivia: un nuevo “golpe blando”, pero con los métodos mucho más precisos que el que le hicieron a Dilma en Brasil.

Dividir, reinar y destruir

A las claras está que la fragmentación del bloque, que fue concebido para el crecimiento de la región de manera unificada y solidaria, es un paso necesario en la embestida de los gobiernos de derecha a la orden del poderoso. El sueño de la Patria Grande y del empoderamiento de los pueblos latinoamericanos parece, hoy por hoy, algo lejano y difuso, y este paso era necesario para poner en evidencia las pretensiones del poderoso a nivel general. No sorprende, por lo tanto, que los países gobernados por las corporaciones hayan sido los que se pusieron “de acuerdo” para abrirse en este momento en que se está separando la paja del trigo.

Por un lado y ya sin lugar a dudas quedan los que apoyan al imperialismo en todos sus niveles y por el otro, los que se oponen con firmeza y carácter a todo aquello que atente contra los intereses de los pueblos. El nuevo mundo bipolar está dividido entre los gobiernos de representación popular y los gobiernos antipueblo dirigidos por las corporaciones, en donde las alianzas estratégicas tienen que ver con la defensa de los intereses de las mayorías, por un lado, y de las minorías, por el otro. La puja entre dominantes y subalternos a escala mundial es clara y el enemigo está mostrando todas sus armas.

Y en el contexto en que estamos en Latinoamérica, lo cierto es que el gobierno de Evo es el que aún no han podido destruir a través de su imagen personal como sí lo han hecho con Maduro en Venezuela o con los Castro en Cuba. La manipulación mediática dejó a Bolivia de lado para apuntar sobre otros líderes y hoy empieza a reparar ese “error”: la campaña de desestabilización empieza a hacerse visible con este movimiento conjunto que le quita liderazgo ante los ojos del sentido común colonizado, racista y desclasado, que es el objetivo principal de los medios de difusión a la hora de sembrar odio colectivo. A este ritmo, la destrucción de los pueblos es sólo una cuestión de tiempo ya que las reacciones son cada vez más pasivas y la confusión es lo que inunda las conciencias de las mayorías por estas latitudes.

La indiferencia como soga al cuello

No se trata de conspiranoias ni de futurología. Lo cierto es que está claro que el apoyo de Evo al pueblo hermano de Siria, su rechazo a las políticas imperialistas a escala mundial y las políticas de Estado aplicadas en un país que hasta que llegó Morales estaba sumido en la pobreza y el olvido y que hoy, 12 años después de su primera asunción como presidente, se encuentra entre los países con mayores niveles de equidad en todo el continente, son todos los motivos que necesita el enemigo para atacarlo y buscar destruirlo. No es difícil de ver pero sin embargo pareciera que no es importante. La indiferencia, como fuente de todos los males, está reinando y es lo que nos está poniendo una y otra vez a merced del poderoso que no deja de atacar ni por un instante.

Ahí está la diferencia entre lo que hace el enemigo para destruirnos y lo que hacemos los pueblos para defendernos: el primero no descansa ni da nada por sentado, está siempre buscando la manera de hundirnos más y más hasta que logre su objetivo final. Nosotros, en cambio, nos descansamos constantemente y lo subestimamos. Nos burlamos de sus títeres, nos pasamos horas hablando de sus cortinas de humo y repetimos hasta el hartazgo las cosas que nos indignan como si de esa forma algo fuera a cambiar. No estamos pensando de qué manera debemos proceder, porque para poder hacerlo es necesario pensar, formarse y estar siempre atentos a todo lo que el enemigo hace. Estamos esperando que alguien venga a decirnos qué hacer cuando, en realidad, lo primordial es entender el problema al que nos estamos enfrentando. Seguir saliendo confundidos y desordenados sólo nos va quitando objetividad, porque perdemos de vista el objetivo cada vez con más frecuencia.

Se está preparando un nuevo golpe blando en Bolivia y no lo estamos viendo. De seguir esperando que caigan las bombas y metan presos a los líderes populares para dar señales vida y empezar a movernos, la indiferencia seguirá ganando terreno hasta que no quede nadie que salga a luchar por nosotros. La indiferencia mata, se dice, y a este ritmo nos estamos suicidando.

Por Romina Rocha.