Poca es la información concreta sobre lo que está sucediendo en Nicaragua y no es para menos: de no decirse nada en absoluto, los medios de difusión del poderoso pasaron a hacerse un festín con los “enfrentamientos” producidos los últimos días y esto, por supuesto, no tiene ninguna pretensión informativa. Lo que están propagando los servidores del enemigo es la idea de que allí hay una “dictadura” al estilo de Venezuela donde Daniel Ortega, que pertenece al Frente Sandinista de Liberación Nacional, es el dictador al que hay que derrocar.

Para entender lo que sucedió es necesario contextualizar. Ortega ganó las últimas elecciones en 2016 con el 72% de los votos y lo hizo gracias a las propuestas de seguridad social con las que llevó adelante su candidatura y que luego, una vez asumido su mandato, concretó y sigue desarrollando. Los avances en educación pública y gratuita así como en el sistema de salud y de previsión social son fundamentales, porque allí lo que hay es un gobierno nacional-popular procurando la mejora de las condiciones de las mayorías populares.

¿Y por qué comenzaron los “disturbios”? Porque el gobierno de Ortega sacó un decreto en el que se recortaba un 5% a las pensiones que ya había aumentado anteriormente, ya que en el presupuesto contemplado para este año habían quedado jubilados prácticamente sin aumento. En otras palabras, quiso redistribuir un aumento para que éste alcanzase a todo el sector. Ese fue el disparador del caos que derivó en la muerte de varias personas, pero lo cierto es que no había ocurrido nada hasta que aparecieron pequeños grupos de encapuchados a romper todo y a comenzar el desmadre. Sí, iguales a los que se infiltraban en las marchas de Santiago Maldonado y en las protestas de diciembre de 2017. Mismas características, mismos resultados: confusión, violencia y excusas para cambiarle el sentido a lo que representa los intereses del pueblo.

Todo tiene que ver con todo

Una vez que los disturbios comenzaron ya no se detuvieron, sólo cuando Ortega declaró públicamente que daría marcha atrás con el decreto es que las aguas se calmaron, al menos en apariencia. Pero eso no fue con la intención de frenar una resolución que poco y nada afectaba a la población en general, sino más bien para demostrarle al gobierno de Nicaragua que no es muy difícil sembrar odio y generar caos. La construcción sandinista en ese país tiene larga data y lo ha convertido en la excepción de Centro América, en donde los demás países están sometidos al imperialismo yankee desde hace décadas.

Supuestos manifestantes durante los incidentes en Nicaragua los pasados días de abril.

Por ese motivo y en el contexto mundial en el que la bestia imperialista está avanzando ferozmente sobre todos los territorios que se proclaman en defensa de los intereses de la clase trabajadora, Nicaragua en Centro América es la “oveja negra” a la que hay que someter, como lo quieren hacer con Venezuela desde hace años y utilizando los mismos guiones en las “protestas”. Todo está diseñado para las cámaras: los medios de difusión están a la orden para registrar todo lo que pueda ser luego utilizado para agitar los ánimos e ir moldeando las imágenes de los protagonistas, siempre en función de lo que el poderoso quiere que de ello se entienda.

Entonces —y no es muy difícil entenderlo— en aquel país lo que está pasando es lo mismo que en todo el mundo en diferentes escalas: el imperialismo queriendo someter a un gobierno nacional-popular, valiéndose de la manipulación mediática y la agitación social. Con una demostración visible ante los ojos del mundo, el gobierno de Nicaragua tuvo tan sólo un primer ataque y al poderoso le salió muy bien: aunque ya no hay disturbios allí, la idea de que Ortega es un dictador ya empezó a circular y no faltará mucho para que se instale definitivamente en el sentido común del latinoamericano, completamente colonizado y manipulado por las corporaciones.

Un poco de conciencia de clase, por favor

No se trata de algo menor, sino todo lo contrario: si el enemigo está pisándonos la cabeza es porque no supimos explicarle a los que estaban confundidos que eso podía pasar. Porque si bien ya sabíamos que con la llegada del gobierno neoliberal de Macri todo lo que está pasando efectivamente iba a pasar, la realidad es que fueron más los que no lo entendieron de esa manera y que aún al día de hoy siguen creyendo en que vamos por buen camino aunque no tengan ni zapatos para caminar. Y esto pasa porque todavía no hemos desarrollado como conjunto social una verdadera conciencia de clase. El trabajador que gana un poco más se cree de una clase social distinta a la del que gana un poco menos. Se cree de clase dominante por la diferencia salarial cuando, en realidad, en tan subalterno como aquel del que se quiere distanciar ya que ambos venden su fuerza de trabajo. Los únicos pertenecientes a las clases dominantes son y serán siempre los dueños de los medios de producción, distribución y comunicación, que componen el 1% de la sociedad acá y en cualquier parte del mundo.

El odio instalado por todo lo que represente pobreza es tan profundo en nuestra sociedad que difícilmente podemos hacerle entender al odiado que, en realidad, se está odiando a sí mismo. Y como nuestra sociedad está repleta de egoísmos y odios, lo que pase en Nicaragua, en Venezuela, en Siria, en Libia o en cualquier lugar del mundo en donde haya un gobierno luchando por defender su soberanía ante el imperialismo, al argentino promedio, en verdad, le importa poco y nada. Siempre y cuando las noticias estén bien adornadas y su odio siga siendo alimentado, va a estar contento y conforme, bien quietito en el molde del que nunca ha salido. Pero como nosotros no somos esos argentinos, nos preguntamos sobre lo que pasa con los pueblos hermanos y queremos entenderlo, porque sólo de esa manera tendremos la capacidad de explicarlo.

Es abrumador el ritmo del mundo en el que vivimos, pero ya no tenemos tiempo de quedarnos esperando y descansar, porque nuestra tierra tiene abundancia de recursos y deficiencia de conciencia, y esto al poderoso le viene como anillo al dedo. Estamos convirtiéndonos rápidamente en la tierra fértil que el enemigo necesita para que no sea él quien nos quite, sino que seamos nosotros quienes entreguemos, y ahí es donde nos tenemos que empezar a preguntar: ¿hasta dónde los vamos a dejar avanzar? Porque nos va quedando poco margen y seguimos sin hacerlos frenar.

Por Romina Rocha.