Está sucediendo todo a la vez y no es casual: la derecha neoliberal está desenfrenada y en todo Latinoamérica está golpeando sin descanso, porque sabe que su momento es ahora. Los países de la región que quedaron a merced del imperialismo tienen a los presidentes de las corporaciones peleándose entre sí, a ver quién es el más complaciente con el poder real. Y en el afán de ir cumpliendo con metas cada vez más exigidas para los pueblos es que se está apresurando la marcha del desastre.

A su vez, el enemigo sabe que no todos estamos bajo la influencia de sus ideas y que a medida que su destrucción se incrementa, también lo hace nuestra comprensión de su estrategia y sus deficiencias. El poderoso sabe que no puede engañarnos a todos todo el tiempo, y también sabe que nuestra arma más poderosa es la conciencia de clase, porque al sabernos ubicados en el pueblo como conjunto, podemos ver que somos muchos más que ellos y en esto no hay discusión. El problema que tenemos es que, justamente, lo que falta entre nuestros pares es conciencia de clase, porque se han convencido de que ser rico es bueno y que ser pobre es malo. De ahí que nuestra lucha sea tan despareja, porque tenemos que estar luchando primero con los que tenemos al lado, que terminan siendo títeres de los que tenemos todos encima de las cabezas.

El miedo es de ellos

Pero aún así, aún siendo que ellos son los dueños de los medios y que tienen el poder de la manipulación a gran escala, ellos tienen miedo. ¿Y cómo es esto posible? Es simple: es que ellos tienen mucho más que perder que nosotros. Nos han despojado de lo material, que es para ellos el fin que justifica los medios, pero en tanto no puedan arrebatarnos la conciencia y las ideas, seguirán teniendo que trabajar sin descanso para retener aquello que nos han robado. Porque así se comporta el ladrón, no puede simplemente disfrutar de lo robado porque sabe que, si su víctima lo descubre, aquel tendrá que buscar la manera de esconderse o de deshacerse de esta última. Sostener la posición de dominante es un trabajo que no permite descanso, porque en cuanto el opresor le suelta un poco la cadena al oprimido, éste puede llegar a rebelarse contra el primero y eso, claro está, no puede ser permitido.

A nosotros, en cambio, nos han quitado tanto que nos han dejado sin miedo, y esto se empieza a sentir y a hacerse visible ante los ojos de ellos. Tienen miedo, sí, porque el miedo hace que ataquemos al que nos lo genera. Es como el perro que muerde cuando se siente en peligro, se defiende ante aquello que lo pone en una situación de riesgo. Y es esto lo que está pasando ahora mismo, tienen miedo de que se caiga la fachada de una vez por todas y que el pueblo se les venga encima. Entonces empiezan a pelearse entre ellos, buscan entre los suyos a quiénes culpar de lo que se les reclama y deciden acelerar los movimientos por si la cosa explota antes de lo que tienen previsto.

Ahí es donde aparecen las encarcelaciones repentinas, las cortinas de humo para distraer la atención sobre la delicada situación de la economía y, además, el retorno de los personajes que nos llevaron hace 17 años hacia el estallido social y la profunda crisis de la que sólo los gobiernos nacionales-populares de Néstor y Cristina nos pudieron sacar. Ellos saben que ya el ruido es insoportable y que no va a faltar mucho para que el hartazgo sea incontenible, entonces salen a todo o nada a romper definitivamente las resistencias o “morir” en el intento.

Nos siguen pegando bajo

Pero hasta tanto el estallido no ocurra y nosotros, que tenemos la conciencia, pero no tenemos los medios para llegar a muchos más, no podamos organizarnos y formarnos lo suficiente como para invertir el juego, la realidad es que no van a parar. Los tarifazos van a seguir, las represiones van a ser cada vez más brutales, el gatillo fácil se irá incorporando a la brutal cotidianidad del sentido común y ellos, las figuritas que pone el poderoso al frente para que creamos que estamos hablando con él, seguirán en sus lugares haciendo su trabajo. Total normalidad.

Ya lo dijo Zapata: “Si no hay justicia para el pueblo, que no haya paz para el gobierno.”

No va a mejorar y no van a detenerse; no tienen reparos ni miramientos porque su objetivo no es ni nunca fue utilizar al Estado como garante y protector del pueblo, sino como estructura para hacer sus negociados a gran escala y utilizando el dinero de todos para hacerse más y más ricos ellos. Pero si seguimos esperando que nos den un respiro para hacerles frente de una vez, no tendremos ya ni aire que respirar porque hasta eso nos habrán quitado.

Debemos dejar de tener contemplaciones con el enemigo, pero sobre todo debemos dejar de subestimarlo porque mientras nos seguimos riendo de sus puestas en escena, el país se sigue derrumbando y con él todos nosotros.

Por Romina Rocha.