Está sucediendo todo a la vez y no es casual: el desenfreno por acabar con el plan de negocios del gobierno de los ricos es necesario, dado que las estructuras que sostenían el blindaje están haciendo agua por todos lados. Cada día que pasa nos vamos “dando por enterados” de más y más pruebas del saqueo a todo el pueblo argentino y eso es algo que el poderoso no está pudiendo —o no está queriendo— contener.

Vemos blindados haciendo fila para cargar aviones de bandera yanqui con plata que sólo vino a multiplicarse a costa del vaciamiento de nuestros ingresos. Vemos la moneda extranjera que nos gobierna la vida y hace añicos a nuestro capital nacional. Vemos que los funcionarios del gobierno de las corporaciones ya no tienen tapujos en decir que “a los argentinos les gusta autoflagelarse”, o que “el dólar no es un problema”. Vemos, vemos muchas cosas, pero en realidad no estamos mirando bien nada.

La Patria no se mancha

Como resultado de esta ceguera, escupimos fuego hacia las figuritas que salen a repetir lo que el poderoso quiere que digan. Insultamos, nos indignamos y hasta le gritamos a la pantalla sintiendo una especie de alivio pasajero con el que el día se hace menos denso. Están ganando por goleada y esto está pasando ahora porque en unos días, no tantos como para que pasen rápido, pero los suficientes para terminar de exprimir la vaca, empieza el mundial de fútbol y ya no tendrán que seguir fabricando cortinas a mansalva, porque tendrán la mayor de las pantallas cubriendo todo el show.

El fútbol, el deporte que más pasiones mueve en el mundo, es también una de las diversiones en las que más invierte el poderoso desde hace mucho tiempo. En nuestro país tuvimos la prueba de los intereses que hay detrás del deporte durante la dictadura cívico-militar-mediática, que llegó a organizar un mundial durante el que las desapariciones forzadas y los asesinatos eran tapados con glorias compradas y festejos nacidos de la más profunda y desoladora incomprensión y abstracción de la realidad. Todo un campeonato arreglado con plata para mantener un gobierno de facto que, además de vaciar las arcas del Estado y endeudarnos de manera astronómica, se ocupaba de ir matando a todos quienes representaran un desafío a su poder.

Hoy en día las estrategias son otras y desde los medios se está preparando el terreno para el golpe final, que al ritmo que viene el desarme no creemos que se demore demasiado. En este sentido es que el mundial de fútbol viene “como anillo al dedo”. Las pantallas que hoy son la condena de quienes la consumen acríticamente, también son el medio que tenemos para comunicar aquellos que apuntamos a generar una conciencia de clase popular que nos saque de este infierno. Y en este sentido, tanto a los unos como a los otros el hecho de que durante más de un mes estemos, mal que nos pese, pegados a la pantalla, es algo que tenemos que saber administrar para no perdernos en el partido.

O juremos con gloria morir

Porque además el fútbol está cargado de falsos nacionalismos y patriotismos que no debemos dejar que nos engañen. Los argentinos somos tan hipócritas que nos emocionamos gritando el himno cuando juega la selección pero no somos capaces de hacer aquello que su letra indica. “Tenemos el himno más lindo del mundo”, decimos con orgullo. “Nuestra bandera es la más linda de todas”, nos pavoneamos. Pero en verdad, la mayoría no ve en eso más que apariencia, algo de lo cual hablar para sentirse “más argentino” mientras putea al gobierno nacional-popular que le da notebooks a los pibes del norte de nuestro país.

Y es que el argentino es así: cuando llega el mundial es capaz de enojarse más con Messi por errar un gol que con su empleador por cagarlo en el pago del mes. Prefiere descargar su ira peleándose con el colectivero antes que sentarse a pensar por qué es que está tan enojado. De eso se fía el enemigo para manipularnos, de nuestra irascibilidad, esa que nos tiene como locos escribiendo con los dedos pero que casi nunca es bien dirigida. Porque si lo fuera, si toda esa garra que tenemos para discutir a muerte por una decisión arbitral o por una falta en el área la pusiéramos en comprender y hacer comprender a los otros lo que está pasando, ciertamente no estaría pasando lo que efectivamente pasa y pasará.

En verdad no creemos que todo esto represente a la mayoría, pero ciertamente esa fracción de nuestra sociedad que se está dejando llevar de las narices por la bronca está siendo mucho más ruidosa y vistosa que nosotros, los de a pie que queremos que esto cambie y que lo haga como tiene que ser: con conciencia de clase trabajadora, organizados en un proyecto nacional-popular y movilizados por la firme convicción de que los que podemos cambiar esto somos nosotros. Y si no podemos vivir coronados de gloria, mejor juremos con gloria morir. No nos dejemos ganar así.

Por Romina Rocha.