Corridas bancarias, dependencia de la moneda yanqui, confusión y caos con los precios y la inflación y las recetas del FMI para “salir” de los problemas. Todo esto ya lo vivimos y lo sufrimos, pero parece que no aprendimos todo lo que teníamos que aprender para poder superarlo. Cada vez que tuvimos en nuestro país un gobierno antipueblo nos pasaron cosas terribles de las que, además, esos mismos gobiernos siempre nos hicieron responsables a nosotros.

Estamos en la etapa crítica del plan de negocios que nos rige y condiciona, pero aún atravesando esta etapa seguimos sin encontrar el rumbo para ponerle un freno a este atropello. Esta semana se dio media sanción al proyecto de ley que nos protege ante los tarifazos y sin embargo ya nos han declarado las intenciones del presidente de vetar la ley si llegase a ser aprobada. En este sentido, el consenso obtenido por el oficialismo para poder hacer el desastre que se está llevando a cabo es inconmensurable, ya que en el núcleo duro que sigue apoyando el modelo las excusas para sostener el discurso son inagotables.

Porque de este lado nos burlamos cuando vemos a los Leuco repitiendo hasta el cansancio que la culpa de la crisis es de Cristina, pero lo cierto es que a fuerza de esa repetición se ha cristalizado esa idea en el sentido común colonizado y está siendo cada vez más difícil poder extirparla de ahí. La militancia del odio por parte de los operadores del enemigo ha sido feroz, y aunque ahora hay muchos bajando algunos cambios en vista del claro deterioro de la imagen general del gobierno, el daño ya está hecho y no hace falta demasiada leña para que el fuego arda y calcine todo a su paso.

La receta tradicional, con nuevo envase

Y es que en la posmodernidad mediática lo que cambió fue la presentación, pero el contenido sigue siendo el mismo. Las derechas del mundo han sabido aprovechar al máximo los mecanismos del marketing y la manipulación de las subjetividades colectivas, ya que el bombardeo y la imposición de las “necesidades” como estrategia de mercado han logrado que prácticamente cualquier cosa pueda ser rentable en tanto sea bien presentada. Es decir, nos han hecho tanto daño que cualquier cosa nos viene bien para paliar el sufrimiento que nos han causado los mismos que nos ofrecen la solución.

Ahora resulta ser que la aparición de organismos como el FMI es una señal de “apoyo” a economías “emergentes” como la nuestra, por lo que tener un financiamiento que prácticamente cualquier país bien gobernado rechaza tajantemente, hoy pareciera ser simplemente un recurso al que tenemos derecho. Sin embargo, no hace tantos años que nos sacábamos al mismo organismo de la yugular y no fueron distintos los gobiernos que aceptaron su injerencia directa. La derecha en la Argentina siempre ha optado por tomar deuda de todos lados para dejarnos luego agujeros gigantescos que tardamos mucho tiempo en cerrar.

Mecanismos de transferencia de recursos como la bicicleta financiera de las LEBACS son hoy la excusa perfecta para validar el robo que estamos sufriendo las mayorías trabajadoras hoy en día. Porque antes estos negociados se hacían en las sombras y la opinión pública se enteraba luego de finalizado el desfalco, pero ahora que la norma es el robo, todo el aparato del Estado está en función de darle un marco legal al enriquecimiento ilimitado de los ricos, siempre a costa del emprobrecimiento extremo de los pobres. Porque la legalidad no es una cuestión de justicia, sino una cuestión de poder. Y como el poder lo tiene el enemigo, lo está usando para destruir al pueblo.

Volver a hacer política

En todo esto, la gran dificultad que tenemos es que se ha dejado de hacer política en el sentido de organizar y reunir fuerzas para implementar transformaciones sustanciales en la vida de las mayorías, y se ha pasado a hacer “política” en un sentido estético y discursivo que pondera la comunicación del mensaje sin importar la veracidad del mismo. En otras palabras, lo que tenemos hoy es una administración que ocupa sus recursos en decirnos que todo está bien, para poder seguir haciendo todo mal. No hay una correlación entre lo dicho y lo hecho y a pesar de ello, tiene más peso la idea de bienestar que la realidad tangible.

El ensimismamiento generado por las tecnologías y la dependencia estimulada por los medios de difusión son hoy el arma más poderosa que tiene el enemigo para seguir manteniendo el poder en el gobierno. En la calle se percibe el miedo a la disidencia y aunque siempre están los que no temen y salen a reclamar y a hacer la diferencia, lo cierto es que siguen siendo los menos ante una enorme cantidad de individuos que optan por sentarse a esperar. Y mientras esto ocurre, nos siguen robando y diciendo que todo va a estar bien.

Los tiempos de la militancia y la micromilitancia son estos y no debemos dejarlos pasar. El FMI, las entidades financieras y los capitales especulativos siguen siendo los mismos de siempre, pero nosotros no y eso tiene que hacer una diferencia. Si la historia nos demuestra que todo esto ya pasó y ya falló, entonces está en nuestras manos cambiar el rumbo de esa historia que tiende a volver al mismo lugar para que entendamos de una vez y para siempre que sin lucha, no hay victoria, pero esa victoria tiene que ser el inicio de un nuevo mundo y no el final de nuestras conquistas. Sólo cuando logremos vencer podremos empezar a trazar el nuevo rumbo hacia nuestro futuro. Hay que seguir luchando.

Por Romina Rocha.