La guerra intra-capital, que se desató en las últimas semanas y que llevó al gobierno a abandonar de una vez y para siempre el gradualismo, abre un panorama por demás complejo y peligroso signado por la re-estructuración del Estado y el ajuste.

La negociación con el FMI no trajo la calma que se esperaba al “mercado”. Éste es un síntoma inequívoco de que el capital especulativo-financiero comenzó a presionar sobre el capital productivo: la especulación se traduce en expectativa inflacionaria y ésta en aumento de costos. El financiamiento de la timba es el salario de los trabajadores.

La modificación de tasas en un mercado librado al apetito voraz de banqueros y empresarios de todo pelaje no es más que la reafirmación del rumbo tomado hace meses por el gobierno de Macri. La inversión puede llegar, pero las divisas se van a ir, la Argentina de hoy es una plaza riesgosa pero rentable.

Lo que el gobierno no pudo prevenir fue el poder de fuego (poder a secas) de un reducido grupo que maneja casi monopólicamente el capital en nuestro país. No importa si es Macri, Dujovne o Carrió, lo que importa es reproducir salvajemente el capital en sintonía con un nuevo cimbronazo que se avecina: en junio, según se anunció, Estados Unidos modifica la tasa de referencia.

Hoy día habitamos un planeta en el que el poder no tiene localidad, es extraterritorial. Billones de dólares circulan a velocidades increíbles, de un lado a otro, reproduciéndose y dándole forma a un mundo en el que el poder y la política están escindidos. Las decisiones políticas son estrictamente locales.
Entre la política y el poder se abre un espacio de tensión constante, demandas de todo tipo surgen y conforman un entramado de necesidades sectoriales que se entreveran y cruzan constantemente forzando la constate construcción de nuevos límites.

Identidades múltiples y variadas se apoyan en las fronteras del neoliberalismo. El movimiento feminista como bandera de un mundo en el que la lógica tradicional se desvanece y la disputa política se reestructura fuera de las formas históricas.

En este contexto, en los bordes del sistema, los excluidos se amontonan, presionan, crecen y buscan un canal para su propia voz. Esta tensión es inocultable, más aún cuando la cantidad de excluidos aumenta a la velocidad de la timba.

El Estado se re-estructura en sintonía con la reducción del déficit fiscal y se transforma como lo viene haciendo desde hace tiempo en el administrador del saqueo. La tendencia que parece irreversible para los países sin capacidad de tener autonomía o la ilusión de ésta, en un mundo signado por el triunfo avasallante del capitalismo financiero, es que los Estados nacionales sean Estados represivos.

La represión es la variable estatal necesaria para que los capitales en su vuelo nómade interminable decidan anidar, aunque sea unos segundos en la Argentina. La disputa creciente por el salario y los derechos laborales y previsionales, sumada a una proliferación de demandas sectoriales y la creciente presión de los excluidos direcciona la política del gobierno al uso de la fuerza.

No existen las decisiones económicas asépticas, sin consecuencias sociales, tampoco los errores de cálculo o elementos fortuitos. El mundo posterior a la crisis de 2007/2008 es otro, y la transformación acelerada de las fuerzas de seguridad locales en mayordomos de los intereses globales se acentúa.

Tal vez el panorama sea desalentador, pero también nos permite contextualizarnos y pensarnos ahora y acá. Los espejos que reflejan un pasado ficcionado e idealizado no ayudan, tampoco la repetición de recetas. El desafío hoy está en la capacidad de construir múltiples estrategias complementarias, en aceptar que las categorías de clase, si bien aun están vigentes en muchos aspectos, no se traducen linealmente en identidades.

El mundo cruje y en ese espacio entre el poder y la política estamos nosotros, los que creemos en que una vía alternativa es posible, en conflicto permanente con el desafío de re significar las instituciones, la política y ser actores y actoras de un nuevo poder.

Por Ariel Fernández