Por todos lados podemos ver las intenciones del poderoso: el desdibujamiento de la historia para la dominación del presente y la deformación del futuro. El gobierno neoliberal viene imponiendo desde todas las áreas los símbolos de aquello que quiere que asumamos como “realidad”. Los billetes fueron la primer gran señal del verdadero cambio que vinieron a traer y no temieron declarar sus verdaderas intenciones cuando al preguntar por la sustitución de los próceres por animales, Sturzenegger dijo “adonde vamos no necesitamos próceres, ni historia”.

Tanto es el esfuerzo que hace el enemigo por quitarnos la conciencia que no tiene reparos en ir sacando todo cuanto puede que nos haga recordar el camino recorrido hasta hoy. De esta forma, se va asegurando que las mayorías a las que apunta y pretende dominar queden en una especie de limbo en el que no haya suelo ni techo, ni pasado para tener referencias ni un futuro previsible. Lo que la derecha quiere es que sólo pensemos en el presente, este cruel y duro presente causado por viejas fórmulas a las que mejor nunca volver ni siquiera con la memoria.

Porque si algo puede asegurarse quien pretende someter a un pueblo, es que la confusión y el olvido son siempre la condena de quienes los padecen. Si no hay recuerdos, si no hay historia, si no hay héroes, batallas o victorias, entonces tampoco hay esperanza, porque la fuerza de los pueblos y la defensa de las ideas son los motores de las revoluciones que transforman a los sometidos en liberados, a los esclavos en trabajadores y a los invisibles en personas.

“Cambiamos futuro por pasado”

Con esta frase es que María Eugenia Vidal celebraba su victoria en el año 2015 y aunque quiso retractarse rápidamente, lo cierto es que dijo la más absoluta verdad sobre el proyecto que traían con su fuerza político-mediática al pueblo argentino. Uno por uno fueron destruyendo los símbolos de la construcción soberana de nuestra identidad, hasta estos días incluso cuando empezaron a enrejar la Plaza de Mayo en vistas de las movilizaciones que ya están programadas para este mes y de todas las que vendrán a medida que el modelo avance hacia los últimos y más feroces ataques a la clase trabajadora.

Y esto no es sólo lo aparente, es decir, lo que podemos ver y palpar directamente y en lo cotidiano, sino que va más allá, es más profundo y tiene al miedo como principal aliado. El daño que está haciendo el gobierno de las corporaciones pasa también por la progresiva aceptación del malestar, por la resignación ante la crisis y la rápida naturalización de los problemas. Lo que antes escandalizaba ahora a penas indigna, y lo que antes era motivo de manifestación hoy se diluye en las redes sociales o en una discusión puertas adentro. Se va diluyendo con el paso de las horas el efecto negativo de los atropellos, y aunque claramente en la imagen general el descontento está y se siente, lo cierto es que no pasa de una gran decepción en aquellos que confiaron y quisieron creer las promesas imposibles de un grupo de mentirosos al servicio de los capitales.

Cristina entregando la netbook número 3 millones del Plan Conectar Igualdad.

Las referencias históricas que va dejando visibles son sólo aquellas que resultan favorables o utilizables a los fines de justificar el desastre, como la neutralización del Museo de la Memoria o las concesiones a los genocidas. Y por otro lado, la eliminación de los contenidos educativos —los planes Conectar Igualdad, PROGRESAR, el vaciamiento de Paka Paka, de Encuentro, de TDA, los recortes en educación pública, entre otras cosas—, la excusa inagotable de culpar a la gestión anterior por lo que están haciendo mal y el blindaje mediático que los llevó y los mantiene en el poder, generan que ante la reducción de los espacios en donde el ejercicio de la memoria colectiva siga teniendo lugar, los confundidos terminen amando a sus verdugos en lugar de librarse de ellos.

Entre la espada y la pared

Es entonces que nos encontramos así, como flotando sin saber si estamos arriba o abajo, si estamos moviéndonos o estamos estáticos, en esta especie de nebulosa en donde una crisis por el dólar a 25 pesos no dura ni una semana y un parche momentáneo para contener la fuga de capitales pone un manto de olvido sobre la evidente estrategia de “patear la pelota” para más adelante, cuando la pelota sea de fútbol y la cortina de humo sea mundial.

Ya pasamos hace rato el límite de lo que hasta hace menos de 3 años era “tolerable” por un sector de la población que hoy, ante hechos mucho más demoledores que el requisito de una declaración para comprar dólares legalmente, se queda sumergida en el silencio y la paz de los cementerios. Y aunque somos muchos aún los que creemos que la lucha debe continuar y no debemos resignarnos ante nada, lo cierto es que esa porción de la sociedad, que está en nuestra clase trabajadora, no sólo está estancada en la aceptación pasiva de su fatalidad sino que además nos está arrastrando a todos hacia el abismo en el que las opciones se acaban y la presión se hace insoportable.

No es, a pesar de ello, tiempo de detenerse ni mucho menos de retroceder. Son tiempos difíciles y vendrán peores, pero siempre y cuando sigamos convencidos del proyecto de país que queremos acompañar y construir, no tenemos que flaquear en los intentos por despertar a los que tenemos al lado, incluso cuando creamos que ya nada se puede hacer con ellos. Estamos acorralados por un sistema que nos hostiga en todos los ámbitos de nuestra vida pero no debemos permitirle al enemigo penetrar en nuestra conciencia de clase ni cambiar nuestras convicciones e ideales. No hay pérdida más grande que la pérdida de la identidad, que no nos falte la memoria ni nos falle la razón, porque en nosotros está el futuro, en ningún lugar más.
Por Romina Rocha.