En el día de ayer fuimos testigos de cómo terminó el reclamo de los trabajadores del astillero Río Santiago en las inmediaciones de la gobernación de la provincia de Buenos Aires, en la ciudad de La Plata. Gracias a la presencia cada vez mayor de medios de comunicación populares y de la disponibilidad de los ciudadanos de celulares para filmar los hechos en el momento y compartirlos por las redes, tuvimos un mapa claro de lo que fue el esquema represivo de las fuerzas policiales a cargo del ministro de seguridad Cristian Ritondo y de la propia gobernadora María Eugenia Vidal.

Luego de haber atravesado por muchas situaciones de este tipo desde el comienzo del gobierno neoliberal y neocolonial de Cambiemos, podemos ver las estrategias de uso y abuso de la violencia aplicada contra el pueblo. En todos los casos, las protestas -sea cual fuere el motivo de sus reclamos- fueron atacadas con emboscadas e infiltrados para, de esa manera, enardecer los ánimos de algunos sectores y así comenzar con la represión armada. Gases lacrimógenos, balas de goma y hasta perdigones de plomo siempre están presentes entre los elementos que las fuerzas de seguridad utilizan para convertir los reclamos en batallas campales, siempre a la orden del tratamiento posterior que los medios de difusión del poderoso le den para moldear el mensaje que les llega a las mayorías.

El resultado de este esquema tan bien aceitado por el gobierno de las corporaciones es siempre el mismo: la instalación en la opinión pública de que las protestas sociales son violentas, lo que termina invalidando los reclamos en vista de la manera en que los medios hegemónicos utilizan las imágenes, las informaciones y las editoriales, pero también cuando silencian e invisibilizan lo que sucede en las calles mientras nos tapan con humo. En tiempos de Perón, gobernar era crear trabajo, pero hoy, a menos de 3 años del comienzo del modelo de país para los ricos, gobernar es reprimir a los que no quieren perder su trabajo.

Violencia es mentir

Para llegar al punto en el que estamos hoy, la vinculación entre las políticas aplicadas por el gobierno para saquear a los trabajadores y el tratamiento mediático de temas intrincados para polarizar a la sociedad fue clave. El debate sobre la ley del aborto fue uno de los puntos más altos alrededor del cual se hizo foco para, mientras tanto, avanzar casi que de manera silenciosa con el vaciamiento de la industria nacional y de los empleos dentro del Estado que no fueran funcionales al esquema de saqueo que los herederos de la dictadura cívico-militar-mediática vinieron a terminar. Porque no sólo largaron la discusión a sabiendas de que la ley finalmente no saldría, sino que además fogonearon de uno y otro lado para que el campo popular, en el que debíamos estar todos unidos para luchar contra el enemigo común, se fragmentara y se dispersara, de manera que, a la hora de enfrentar los siguientes embates contra las clases populares, ya nos agarraran cansados y enemistados entre nosotros.

La provocación, que es el arte que mejor manejan ellos, sigue siendo el elemento fatal al que, a pesar de los esfuerzos de muchos dirigentes por calmar los ánimos y ayudar al conjunto a pensar y militar desde el amor y la comprensión, los representantes de los intereses de los ricos apelan para correr el eje del problema real. Entonces, aparece un Alfredo Casero hablando como histérico de un flan, le sacan una foto a Macri comiendo dicho postre y así, con tan sólo dos situaciones, logran enloquecer a muchos que, en la indignación de lo visto, no pueden comprender cómo es que se nos ríen en la cara con tanto cinismo y brutalidad.

Y horas más tarde, durante la fogoneada movilización para pedir el desafuero de Cristina, el grito de quienes asistieron al montaje circense más convocante (al menos de un sector de la población envejecido y sin presencia de las clases trabajadoras en su gran mayoría) fue, como no podía ser de otra manera, el pedido del flan y la certeza casi absurda de que, los argentinos, no somos boludos.

Se le suman las operetas con cuadernos fotocopiados, la invisibilización de las causas por aportantes truchos de la campaña de Cambiemos de 2015 y 2017, el silencio absoluto sobre los juzgados federales y demás recintos misteriosamente incendiados con pruebas y registros fundamentales para las investigaciones por corrupción contra el gobierno actual, los circos alrededor de Cristina para aumentar el odio hacia la única representante popular con el apoyo necesario para hacerle frente al oficialismo en las próximas elecciones y, para colmo, la utilización de la mentira desmentida para crear confusión e incomprensión en un pueblo que hoy se encuentra sufriendo sin excepciones el desastre que las corporaciones vinieron a hacer para, definitivamente, robarse todo.

Porque el propósito de toda esta violencia ejercida contra el pueblo es inyectarnos miedo, el miedo a protestar, el miedo a reclamar por nuestros derechos, el miedo a hablar, a pensar y a criticar el plan de negocios que la administración de los empresarios en el poder está llevando a cabo sobre todos nosotros. Como decía Don Arturo Jauretche:

“Nada grande se puede hacer con la tristeza. Desde la ciencia al deporte, desde la creación de la riqueza a la moral patriótica, el tono está dado por el optimismo o por el pesimismo. Nos quieren tristes para que nos sintamos vencidos y los pueblos deprimidos no vencen ni en la cancha de fútbol, ni en el laboratorio, ni en el ejemplo moral, ni en las disputas económicas… Por eso, venimos a combatir alegremente. Seguros de nuestro destino y sabiéndonos vencedores, a corto o a largo plazo”.

Nos quieren tristes y enojados, dispersos y enemistados. Por eso, hoy más que nunca, debemos militar, formarnos e informarnos, hacernos dueños de las calles y de nuestras voces, luchar por nuestros derechos y por el futuro de la Patria toda. El futuro es nuestro, es hora de estar unidos y organizados. No pasarán.

Por Romina Rocha.