Entre todo lo ocurrido en los días previos al G20, evento de relevancia internacional que se realizó en la capital de nuestro país y lo que efectivamente sucedió durante el mismo, ciertamente tenemos más cosas que lamentar que las que podríamos (y realmente nos hubiera gustado) celebrar. La oportunidad de ser anfitriones de una cumbre cuyos asistentes dirigen las economías más poderosas e influyentes del mundo, en la que justamente teníamos la oportunidad de mostrarnos al mundo y además de realizar acuerdos que nos beneficiaran a todos los argentinos.

No obstante, como era de esperarse, eso no ocurrió y apenas obtuvimos —no sin transitar momentos de alta tensión— algunos acuerdos comerciales con China, a costa de poner en jaque nuestra relación con los Estados Unidos en una situación compleja en la que estamos debiéndoles cantidades de dinero que nos van a cobrar con creces a todos los trabajadores. En línea con estos, digamos, “logros” fruto de la realización del G20 en la Ciudad de Buenos Aires, también podemos decir que la marca país es algo intransferible, ya que tanto nuestros paisajes como nuestras costumbres, por más cipayismo que nos gobierne, son cuestiones que ante el mundo siempre son bien vistas, porque nuestra riqueza cultural y geográfica es inconmensurable.

Ahora bien, de todo lo demás no podemos hablar sino con pesar y hasta con bronca, porque no sólo nos mantuvieron presos de una histeria colectiva en la que parecía que hasta ir al supermercado y comprar un pollo podía ser luego una amenaza que terminase con un operativo antiexplosivos sino que, además, el hostigamiento y el refuerzo del aparato represivo con el pretexto de la realización de un evento que contó con más servicios de seguridad extranjeros que de lo que nosotros, en efecto, pudimos aportar al asunto, forma todo parte de el mismo plan de saqueo que entra ahora en su etapa final: el terror ha llegado.

La persecución a grupos minoritarios por etnia, religión o afinidad política, a modo de amedrentamiento ejemplificador, fue la norma durante las semanas anteriores a esta. Se quiso dar un mensaje de “te estamos observando” a todos quienes alzamos la voz de alguna manera en contra de los intereses del gobierno, aunque eso ocurra en la intimidad de nuestros hogares que ahora sabemos vigilados. Porque la policía de la moral y la ética no es sólo la que paga el Estado, sino que también la encontramos entre algunos de nuestros conciudadanos que, convencidos de que ahora tienen la potestad de impartir justicia, no dudan en denunciar a sus propios vecinos si sienten que algo no concuerda con el discurso oficial. La “cacería de brujas” ha entrado en la fase en la que ya el enemigo interno no es tanto el gobierno anterior, al que se han encargado con amplio margen de denostar, sino que ahora el peligro habita entre nosotros, entre quienes caminan a nuestro lado, entre los que (elementalmente) no están conformes con lo que el entreguismo sistemático está haciendo con todos nosotros.

Entonces el discurso oficial penetra en algunos sectores de la sociedad y quiere convencer de que la presencia de los potentados del mundo en nuestro suelo es sinónimo de que las cosas marchan bien, aunque el hambre golpea en todas partes y el descalabro económico sea inocultable. Hay individuos que llegan a tomarse a pecho la defensa del G20 y se enojan profundamente ante esa voz disidente que marca la contradicción entre la penuria general y el lujo de la recepción a los líderes mundiales. La gala en el Teatro Colón fue por cierto magnífica, aunque en la práctica no difiere en su naturaleza de un concurso de baile en los canales de televisión tilingos, con el agregado de que se paga con el fruto del trabajo de todos los argentinos en forma de impuestos. Esa tapadera de lujo y vulgaridad impide ver que antes del evento se gastó muchísimo dinero en armas y equipamiento para reprimir, incluyendo sistemas de inteligencia y vigilancia de los más sofisticados que van a seguir en manos del poder para que los use, ahora sí, en contra del propio pueblo cuando el malestar social nos haga salir una vez más a las calles a luchar. También queda invisibilizado el hecho de que podríamos haber llegado a muchos otros acuerdos con más profundidad que nos hubiesen ayudado en los próximos años a sostener nuestro comercio y nuestro desarrollo interno, pero que esas decisiones y acuerdos, puestos en manos de personas que no tienen identidad nacional, sólo se orientaron a tratar de quedar bien con dos bloques que están enfrentados y en pugna por el dominio de las relaciones comerciales del mundo.

Federico Fernández, primer bailarín del Teatro Colón, denunciante del derroche innecesario de recursos en la organización de la gala del G20 y la flexibilización laboral que el gobierno aprovecha para imponer sobre los trabajadores del Teatro.

Sí pasó, aunque en ese tono de burla permanente que algún día deberíamos moderar para no perder de vista lo importante, que todos los protocolos fueron descuidados y que diplomáticamente estamos representados por un grupo de inoperantes, de torpes maliciosos que, si no estuvieran tan bien asesorados y guiados por intereses superiores sobre los que ellos mismos no tienen injerencia alguna, podríamos decir que dieron pasos de comedia permanentes durante los días en que fueron anfitriones del mundo. Descuidos, ignorancias, improvisaciones permanentes y un cipayismo explícito fueron la norma durante el evento por parte de nuestros representantes quienes, apenas terminado el encuentro, salieron con sus operadores de prensa a decir que la imagen de Macri “se recuperó” luego del “exitoso” desarrollo del G20 en nuestro país. Porque, finalmente, los miles de millones de dólares gastados en la organización, los días de persecución y provocación inauditas hacia la población y las miles de personas movilizadas en torno a este evento no tuvieron, evidentemente, el fin de aprovechar realmente esta oportunidad excepcional de “negociar en casa”, sino que la bajada al sentido común está orientada a la capacidad del gobierno de Cambiemos de realizar un evento chic visto por el mundo, sin importar las cuestiones estratégicas desperdiciadas en el transcurso del mismo.

Todo finalmente ha quedado reducido a un espectáculo carente de profundidad e identidad nacional en todos los aspectos posibles y eso, por más chistes que hagamos, es algo que pronto pagaremos todos los argentinos, porque el mundo nos pasará la factura. Ojalá nos encuentre unidos y organizados, porque más que nunca depende de nosotros el volver a hacer de nuestra tierra una fuente de inspiración, respeto y justicia. Reconstruir la Patria es la tarea.

Marco Antonio Leiva
Referente Identidad Peronista
Mar del Plata