Diversos espacios académicos y políticos se muestran desconcertados ante la rotunda victoria del actual mandatario brasilero. En todos ellos es habitual escuchar expresiones tales como: “¿Qué nos pasa?” “¿Cómo es posible? “ (Retengamos estas preguntas en mente).

Dichos interrogantes resultan estériles al momento de analizar las posibles causas, el desconcierto es elevado y, paralelamente, las conclusiones son escasas. Pareciera coexistir con los acontecimientos mencionados una cierta reticencia a ahondar en estas cuestiones, puesto que estos sectores que se indignan evidencian, indirectamente, no querer saber nada con los probables motivos impulsores de la dinámica que aquí vamos a analizar. Se trata de una especie de renegación de razonamiento.

Pero lo cierto es que la realidad se impone y Bolsonaro ganó con una diferencia considerable mediante, reflejando de esta manera aspectos relativos a la voluntad popular de Brasil.
Para comprender el fenómeno Bolsonaro deberíamos insertarnos en el apasionante arte de interpretar la opinión del pueblo. En principio, podríamos decir que el factor dinero, determinante en diversos ámbitos de la palestra, en esta oportunidad no fue una variante a considerar ya que el principal medio de difusión de su campaña política encontró expresión en los círculos de internet (fenómeno similar al acontecido con Trump). Consecuentemente, los medios hegemónicos de comunicación efectivamente no fueron funcionales al candidato electo, siendo este un aspecto más que interesante y que naturalmente va in crescendo. Me refiero a la progresiva diferenciación, cada vez más palpable, que notamos entre la opinión de los medios hegemónicos, por un lado, y las expresiones populares que, últimamente, se revelan en franca disidencia y encuentran oportunidad de hacerlo en internet, por el otro.

Más allá de las diversas consideraciones al respecto, resulta notorio que, por lo menos hasta ahora, la “web” constituye un ámbito mucho más democrático que la “Tv”, siempre y cuando por democrática entendamos a la posibilidad de que el verdadero “sentir popular” logre hacerse oír y lo que se difiere dentro de la “opinión mayoritaria” sea un reflejo de la contradicción palpable entre medios hegemónicos y pueblo. Decimos entonces que el “Vox Populi, Vox Dei” pareciera filtrarse en nuestra era posmoderna por medio de las redes, por lo menos hasta ahora que no resulta posible para las élites controlar en dicho ámbito el límite de opinión autorizada con la misma efectividad que se logra dentro de la prensa. Es en este sentido que, posterior a la victoria de Trump en EEUU, se decía que dicho acontecimiento constituía una victoria simbólica de internet por sobre la prensa hegemónica.

Son varios los videos que circulan por las redes en los cuales Bolsonaro elabora sus promesas y diatribas, su visión y proyección… Al contemplar de un modo objetivo dichos videos, nos encontramos con un discurso simple, para nada complejo, un discurso que cualquiera entiende, un discurso que no refleja proyectos económicos, proyectos geopolíticos y tampoco aparecen fundamentalmente propuestas concretas en materia de justicia social vinculada al empleo, al salario, a derechos laborales. Esos temas, trascendentales diríamos en Argentina, brillan por su ausencia.

Sin embargo, paralelamente a estas disertaciones mediocres, vacías e infructuosas, una idea se establece con total certidumbre.

El eje articulador de su campaña -la idea madre de sus “propuestas”, decimos, la estructura discursiva que articula y convierte en secundarios a los temas vinculados con el bienestar material del pueblo- se caracteriza por ser de orden espiritual y es en esta cuestión donde radica la fuerza y el sentido del fenómeno Bolsonaro (y debemos estar atentos a esta victoria del poder, la de lograr que la justicia social constituya una problemática secundaria).

Si en algo es claro y contundente es en decirle NO a la ideología de género. Este y no otro fue el leitmotiv de su campaña, el corazón de todo su relato. Bolsonaro supo interpretar y encarnar parte de la voluntad popular, supo tener olfato político, supo comprender que, en política, hay momentos en los que necesariamente se trabaja con lo que hay, con lo que es (con lo que el pueblo quiere y necesita) y no con lo que supuestamente para algunos sectores minoritarios debería ser. Y lo que hay y lo que es, gracias al fenómeno Bolsonaro, comprendemos que es lo siguiente: el pueblo está podrido de la ideología de género.

El poder, cuyos intereses por definición constituyen una contradicción respecto de los intereses del pueblo, no sólo comprende esta parte de la realidad objetiva, sino que la instrumenta y la impone. “Controlar la acción y la reacción” decía Lenin, y esto es lo que vemos fundamentalmente en nuestra Iberoamérica. El poder nos ofreció una contradicción que nos destruye, penosamente la hemos comprado y nos está saliendo demasiado cara, a saber: hombres vs. mujeres, pañuelos celestes vs. pañuelos verdes, machismo vs. feminismo, etc. Y no es en absoluto casualidad que estas dicotomías artificiales e instrumentadas no sean exclusivas de nuestro territorio. En efecto, términos como “Me Too” y “mansplaining” denotan el carácter determinantemente globalizador de estas contradicciones impuestas que encuentran caldos de cultivo prácticamente en todo occidente y que son sustentadas y difundidas por el poder corporativo trasnacional.

Lo que dicho poder consigue con la mencionada implantación dicotómica es tan sencillo como evidente y destructivo. Si compramos la contradicción de ellos -podríamos decir la contradicción “imaginaria” en términos lacaneanos- jamás nos será posible advertir la contradicción real que fundacionalmente el nacional-justicialismo supo ver, léase: PUEBLO/ANTIPUEBLO. Para evadirnos de esta dicotomía verídica, de estos conceptos trascendentes, de este conflicto esencial y sobre todo real, el procedimiento es simple. En principio se construye una quimera, en segundo lugar se organiza de un modo integral (por medio de la prensa hegemónica y academias) a la comunidad para enfrentar a dicha quimera, y por último se materializa una escena en la cual los responsables de que el Estado argentino actualmente esté pagando 3300 millones de pesos por día en concepto de intereses de deuda, estén en cómodos sillones comiendo pochoclo y mirando la película que ellos crearon a las carcajadas.

Esta y no otra es la razón por la cual en nuestro país, un gobierno que hizo todo para que el pueblo literalmente lo saque a patadas, acaba de lograr transcurrir el mes de diciembre sin importantes manifestaciones que reflejen el atropello que se está llevando a cabo. Al instalar el debate sobre el aborto y las reivindicaciones de género, Macri logró sublimar toda la ira de las juventudes y frenar un estallido social que era inminente y seguramente demoledor. El objetivo era claramente evadir los derechos de segunda generación, que no se conviertan en cuestión esencial de protesta. Una juventud que lucha contra un supuesto patriarcado en lugar de luchar contra la oligarquía es, naturalmente, algo diferenciado de aquella juventud maravillosa que en su momento proyectó Juan Perón.

Seguramente los méritos de lo mencionado no fueron de Macri sino de sus asesores, pero hay que reconocerlo, políticamente fue una jugada maquiavélica y magistral. La pregunta que se impone, entonces, es la siguiente: el peronismo, fundado por el mayor estadista que parió el suelo argentino, nutrido de una doctrina envidiable para cualquier nación europea posmoderna, ¿no es hora de que también se comporte de un modo político, inteligente y maquiavélico? Si para garantizar la justicia social el peronismo tiene que ser maquiavélico, ¿qué esperamos para poner eso en práctica? ¿Qué es lo que se pretende? ¿Perder nuevamente con Cambiemos?

Si comprendemos que las doctrinas de género encarnadas por feministas de la tercera ola como Simone de Beauvoir son ideas foráneas, ajenas a nuestro ideario, promovidas por la prensa y el poder corporativo pero desestimadas por el pueblo, ideas que nada tienen para aportar a la causa nacional-popular, ¿por qué insistir con las mismas? ¿Será que la condescendencia con la izquierda europea y el partido demócrata yanqui resulta más importante que la unidad nacional? La economía, el salario, el desempleo, el hambre, ¿son temas menos importantes? ¿Con menor urgencia? Si para ganar el poder nuevamente el peronismo tiene que reconocer que equivocó el camino y que el verdadero enemigo no es el patriarcado sino la oligarquía, ¿no es hora de comenzar a transitar esa vía?

Es eso o padecer, en algún momento, lo que les toca actualmente a los brasileros, cuya versión argentina sería ser gobernados por Olmedo.

Hoy comprendemos que el nacional-justicialismo nunca debió abandonar el ideario doctrinario y humanista que dio origen al movimiento, y la realidad nos recuerda a las trompadas que la doctrina debe surgir del seno del pueblo y no ser impuesta al mismo. Retomando los interrogantes iniciales del presente escrito, intentamos completarlos del siguiente modo: ¿Qué nos pasa que no escuchamos al pueblo? ¿Cómo es posible no actuar en consecuencia?

Argentinos, a las cosas.

Por Bruno Paladino.