El peronismo en los tiempos de la pandemia. ¿Cómo resolverá el gobierno nacional el caos que generó la crisis mundial por el coronavirus? ¿Saldremos airosos de esta coyuntura tan apremiante o nos condenaremos a un destino de colonia y sumisión? Las preguntas son complejas, pero la respuesta, desde que el mundo es mundo, siempre ha sido la misma: todos los caminos conducen a Perón y no a una Roma asediada por la muerte y la desolación.

18 de abril de 2019: a través de un video publicado en redes sociales, la líder del peronismo a nivel nacional Cristina Fernández de Kirchner anunciaba la fórmula ganadora. Nos resultó de toda obviedad a algunos la rutilante victoria de una fórmula que no podía no ganarle a la alianza conservadora, habida cuenta de que era la única capaz de aglutinar y amalgamar a los más amplios sectores del arco político de orientación justicialista. Era necesario asegurar la victoria a como diera lugar, literalmente se nos iba la vida en ello. La vida como pueblo-nación, dado que una derrota hubiera rubricado el destino de colonia y la definitiva venta al mejor postor de la Argentina. Pero sobre todo, se nos iba la vida en ello porque la derrota hubiera significado la desaparición física de miles —acaso millones— de argentinos y argentinas excluidos de un sistema en el que hubieran sobrado. La muerte simbólica de la patria redunda necesariamente en la muerte física de los compatriotas más postergados.

27 de octubre de 2019: aquello que se había anticipado se cristaliza. La victoria de un frente capaz de reunir a los más variados sectores de raigambre popular triunfa en elecciones nacionales. Sin embargo, contra todos los pronósticos, lo hace por unos ocho puntos de ventaja, virtualmente la mitad de los quince que las encuestas se aventuraban a arriesgar. Es decir, que a pesar de la debacle económica; de la descarada manipulación de las instituciones democráticas en favor de la impunidad y la impudicia; del estallido social en ciernes, contenido apenas por el colchón de derechos sociales heredados del “kirchnerismo”; del saqueo y de la ignominia, la alianza conservadora es capaz de repuntar la diferencia y achicar la brecha. Visto desde fuera, una hazaña. Desde ese día en adelante la alianza conservadora esperó.

El panorama hacia fines de enero de 2020 resulta siendo más o menos el esperado: un gobierno recién nacido que busca renegociar una deuda impagable por los plazos y los montos, con el propósito de garantizar la independencia económica y la política soberana sobre el pueblo-nación que lo eligió. Una gira presidencial que abarca los más amplios destinos, desde la vieja Europa hasta Israel. Apoyos “por derecha” y “por izquierda”. Política. Pragmatismo. Hasta un día de enero, el día 30, más precisamente, en que una institución llamada Organización Mundial de la Salud declara como pandemia a un virus llamado “corona”, que provoca una enfermedad respiratoria que es nombrada “COVID-19” para diferenciarla de otras enfermedades hermanas que son causadas por otras cepas de ese hoy tristemente célebre, aunque hasta hace muy poco completamente ignorado coronavirus.

Suene exagerado o dramático (o no), ese día el mundo cambió. Una especie de “resfrío” que alguno que otro habíamos oído nombrar porque desde diciembre azotaba lejanas regiones de una China misteriosa, cuya geografía nos es ajena y sus topónimos más, llegó a las más vastas regiones del globo, con la única excepción del continente Antártico. Desde ese día en adelante, el mundo de las comunicaciones cambió para siempre. El coronavirus lo invadía todo. Y no era para menos, claro. Al momento de escribir estas líneas, la enfermedad COVID-19 se ha cobrado unas setenta mil vidas alrededor del mundo, con un estremecedor número de más de un millón de infecciones reportadas y otras tantas sin reportar. Y Argentina no es una excepción al desastre: roza los mil quinientos infectados y los cincuenta fallecidos.

Menudo desafío para un gobierno que apenas llevaba unos noventa días de gestión cuando la crisis mundial por coronavirus se desató.

Todos los caminos conducen a Perón

Sin embargo, no todo está perdido. La crisis mundial debida a la pandemia de coronavirus tiene un carácter inédito en la historia de los Estados nacionales. Puede parecer exagerado dicho así, sin que haya habido una distancia del fenómeno para poder visualizarlo desde todas sus aristas. Por increíble que pueda parecer, el hecho es que el mundo globalizado tal y como se lo conocía antes de esta contingencia internacional murió y no volverá a ser el mismo (“contingencia” o no; no es del interés de este artículo escudriñar los orígenes del virus ni tampoco de su carácter de pandemia).

No obstante, aquí en Argentina tenemos un as bajo la manga casi inédito en el resto del universo: tenemos peronismo. La segunda buena noticia es que mientras que los países “centrales” se han visto superados y arrasados por la enfermedad, en Argentina poseemos los recursos naturales que pueden asegurarnos la subsistencia no solo a los argentinos sino a unos cuantos miles de millones de seres humanos de todas las nacionalidades. Contando todo el territorio nacional bicontinental, Argentina posee alrededor de seis millones de kilómetros cuadrados de superficie, contra los aproximadamente diez de la totalidad del continente europeo. Argentina es un país bicontinental y bioceánico. Si se cuenta solo la plataforma continental americana, resulta siendo el octavo país más extenso del mundo, con una infinita riqueza en recursos agrícolas, ganaderos y pesqueros. El paraíso del hambriento. Y tiene peronismo.

De manera tal que si hace uso de esas dos maravillas que le ha ofrecido la Divinidad, la Argentina tiene todas las ventajas comparativas y competitivas para ser una de las potencias más firmes del mundo multipolar que no solo se viene, está aquí. Lo inauguró con una tijera de médico, portando guantes y barbijo, el coronavirus.

Aunque los grupos concentrados están buscando desprestigiar al gobierno para poder hacerse de pingües ganancias en la etapa que viene, está resultando cada vez más claro que en el mundo la única manera de sobrevivir a la crisis que genera el parate de la actividad económica, sumado al colapso de los sistemas de salud y el desabastecimiento consecuencia de la paralización del comercio es una: apelar al Estado. El Estado como garante de las relaciones entre capital y trabajo, el Estado como ejecutor de presupuestos, el Estado como recaudador de impuestos. Mientras esa misma oposición que se había agazapado allí por diciembre de 2019 vuelve a arremeter contra el rol del gobierno popular en la administración de la pandemia, el bloque oficialista en el Parlamento analiza medidas interesantes.

No debería sorprender a un lector más o menos informado que las mismas personas que han recortado la jubilación a los ancianos (en dos oportunidades, en 2001 y en 2018) ahora lloren compungidas por redes sociales denunciando una desinteligencia del gobierno que se resolvió en pocas horas. Es que se trata de divertir. “Si no hay pan, que haya circo”. Diversión en el sentido de la jerga marcial: distracción. Mientras se discuten las sillas disponibles para jubilados a las puertas de las entidades bancarias o se insta a batir ollas y cacerolas en repudio al salario de funcionarios y legisladores, las principales fortunas del país despiden empleados y la oligarquía se salva de que le aumenten los porcentajes de los derechos de exportación. Es que es más abstracto para el vecino desinformado pensar en la fortuna personal de ocho mil millones en dólares de un Paolo Rocca (USD$ 8.000.000.000, no nos tomaremos el trabajo de pasar a pesos esa cifra, no nos alcanzaría un renglón para escribir tantos ceros) que en los ciento cincuenta mil pesos mensuales de una Carla Vizzoti, secretaria de Acceso a la Salud. La indignación del ciudadano llega hasta donde llega su imaginación en el sentido más estricto de la palabra, como recreación de imágenes en la mente. Porque, ¿quién de nosotros es capaz de imaginar una pila de billetes verdes tal que llegue a sumar ocho mil millones?

Pero existe el peronismo, decíamos. Los denodados esfuerzos de la corporación gorila y sus esbirros políticos y mediáticos por ensuciar a la política haciendo política de la antipolítica tienen como fundamento el miedo de las corporaciones al peronismo. La Constitución de 1949, redactada por Arturo Sampay, planteaba en su artículo 39: “El capital debe estar al servicio de la economía nacional y tener como principal objeto el bienestar social. Sus diversas formas de explotación no pueden contrariar los fines de beneficio común del pueblo argentino”. Vaya peligro para aquellos que han vivido históricamente de enriquecerse a costa contrariar los fines de beneficio común de nuestro pueblo-nación.

En esa línea van los proyectos como el que propone el jefe de la bancada oficialista en diputados Máximo Kirchner. Que las grandes fortunas que blanquearon capitales aporten forzosamente el 1,5% de sus capitales para distribuirlas de manera equitativa entre todos los argentinos. En salud, en alimentos, en justicia social. Está en la Constitución, la que es legal pues fue derogada de facto por un gobierno dictatorial. Y si no tienen efectivo (permítasenos un poco de humor) pues, que aporten las vacas, que aporten los granos, que aporten el acero y los medicamentos. Los servicios públicos gratuitos, los capitales que duermen ociosos en los bancos. Es constitucional y corresponde por obligación ética de un pueblo cristiano que no puede permitirse que sus hermanos mueran por hambre o enfermedad. La doctrina peronista es profundamente humanista y cristiana. Al que le sobra abrigo, que se lo preste a su hermano: o es para todos la cobija o es para todos el invierno. No lo harán por caridad, que lo hagan por ley.

Y después está el comercio. Un país que produce alimentos para diez veces su población se encuentra en la posición privilegiada de poder negociar los bienes estratégicos que él mismo no produce y asegurarse así tecnología de punta para su pueblo. Mientras que una Europa devastada se está quedando sin alimentos a causa del cese de actividades industriales, en Argentina el alimento camina y pasta por las pampas. Bienes estratégicos en un mundo en el que el valor del dinero se perdió. Nacionalizar el comercio asegura el abasto a los de adentro y una posición para negociar con los de afuera. Es prerrogativa del Estado, legítima y legal; depende exclusivamente de una decisión política nomás. Resulta claro por qué algunos sectores hacen política de la antipolítica y divierten. Tienen mucho por perder y el pueblo argentino, mucho por ganar.

Desde abril de 2019 el mundo ha virado completamente, la historia parece haberse puesto a rodar en cámara rápida. En Argentina como en el mundo, los tiempos se aceleraron y ya nada será igual. Más allá de los cálculos contrafactuales de dónde nos encontraríamos si en octubre hubiera triunfado la fórmula de las corporaciones y la oligarquía, resulta evidente que el gobierno actual asusta lo suficiente como para que los embates sean virulentos y constantes. Es que nuestro país (y el gobierno que encabeza Alberto Fernández) tiene a la mano una oportunidad única para llevar al acto su potencia productiva y económica y erigirse en gigante del Cono Sur. La posibilidad está latente, falta la decisión política. Nosotros tenemos las vacas, ellos tienen el hambre; veremos quién aguanta más. Como siempre, desde que el mundo es mundo, todos los caminos conducen a Perón.

Marco Antonio Leiva
Identidad Peronista